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Viaje a las antípodas

La Ruta de la Seda (y del papel higiénico)

La Ruta de la Seda (y del papel higiénico)

25 de julio, Tashkent, Uzbekistán
Tras darme un baño de tristeza en las invisibles y anheladas aguas del mar Aral, mi camino enfilaba de nuevo su rumbo natural, hacia el este, hacia el lejano Oriente. No eran los caminos que surcaba vulgares autopistas o carreteras que atravesaban tierra de nadie para llegar a anónimas poblaciones. En este Viaje a las antípodas habría de encontrarme con destinos tan míticos como Khiva, Bukhara y Samarcanda, antiguas ciudades-estado que prosperaron gracias al comercio entre Oriente y Occidente, pivotando cultural, política y económicamente en medio de lo que hoy se conoce como la "Ruta de la Seda".
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En lugar de un peludo camello de Bactriana cargado con coloridos bultos, mi desplazamiento desde Nukus -en el oeste de Uzbekistán- hasta Khiva se llevó a cabo mediante un destartalado minibús. En éste no viajaba con orondos y agresivos comerciantes de oro, seda o jade, sino con un grupo de rudos campesinos algodoneros locales cuyos semblantes mongoloides tenían tanta expresividad como la cara de una moneda.
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Khiva resultó una pequeña decepción, pues al llegar allí, a medio día, me encontré inmerso en una moderna recreación de lo que debió ser hasta hace pocos siglos una hermosa joya de barro, con sus murallas, medresas (escuelas musulmanas) y mansiones de gente ilustre. Además, debido al calor sofocante y a las hordas de turistas europeos que pastaban ante las tiendas de souvenirs mientras eran pastoreados por algún guía local, el lugar me pareció totalmente descaracterizado. Claro, que mejor esto que ser convertido en esclavo, que es lo que probablemente me hubiera ocurrido durante los tiempos gloriosos de Khiva, cuando sus khanes (caudillos) hacían enormes fortunas comerciando con esclavos que eran abducidos de los alrededores (principalmente de Persia) y de las expediciones de extranjeros que se atrevían a visitar estas tierras.
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Precisamente, fue el comercio de esclavos -sobre todo cuando se trataba de esclavos rusos- lo que ofreció una excusa inmejorable a los zares rusos para invadir la región y anexionarla a su vasto imperio. Una anexión que estuvo en vigor hasta finales del siglo XX, cuando la URSS se desmoronó y las republicas de Asia Central proclamaron su independencia (independencia muy precaria y relativa).
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Unos días más tarde llegué a Bukhara, probablemente la ciudad más relevante e interesante de todo el Turkestán, debido, más que a su importancia comercial, a su extraordinaria entidad dentro del mundo musulmán. No en vano, Bukhara (pronunciado Bujara) es una ciudad santa del Islam, y, como me dijo Indira, una hermosa y simpática chica de Nukus, "En Bukhara hay muchos hajis (musulmanes que han realizado la peregrinación a la Meca)".
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Allí, en Bukhara, una ciudad santa y nacida de la tierra misma, con edificaciones que parecen haber sido talladas en el suelo del desierto y coronadas con hermosos mosaicos caleidoscópicos y perfectas cúpulas de color turquesa; allí empezó mi calvario de viajero independiente.
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De pronto, una mañana te levantas y sientes que tu organismo parece seguir dormido, aunque tu mente hace horas que se encuentra despierta. Al ponerte en pie, entiendes que el motivo de tu vigilia radica en que algo no funciona bien. Y entonces notas que tu cuerpo, de cintura para bajo, es mucho más pesado de lo habitual. Cualquier movimiento que haces provoca que todo ese peso se haga insostenible, así que necesitas, urgentemente, quitártelo de encima antes de que su fuerza incontrolada te aplaste. Un retrete -o taza del báter- es el objeto más codiciado, y una vez encontrado, lo mandas a la mierda con gran sonoridad. Una y otra vez. Ha llegado la "amiga inesperada". Esa que sabes que en algún momento ha de aparecer, pero que siempre lo hace cuando menos te la esperas: la diarrea.
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En mi caso ocurrió la misma mañana que me disponía a viajar hasta Samarcanda desde Bukhara. Y la fuerza con que se presentó fue tan devastadora, que incluso impidió que viajara ese día y que decidiera permanecer en mi hotelucho -donde ya le había cogido la medida al retrete- hasta el día siguiente.
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Mi cuerpo se había revelado. Mi sistema digestivo, al cual tanto había yo alabado en el pasado, tildándolo de incorruptible y de estar hecho a prueba de bombas, tomaba el mando de la situación y se erigía en el protagonista del viaje. Después de casi tres meses viendo mundo, me mandaba un claro mensaje (u oscuro, según se mire) de desaprobación, pues mientras mis ojos y mi cerebro estaban absorbiendo tantas maravillas día tras día, a mi estómago e intestinos tan solo les hacía llegar fritanga barata, agua de dudosa pureza, y un ajetreado ritmo de vida que no les permitía hacer bien su trabajo de metabolizar toda esa porquería -con alguna gustosa excepción.
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Ya se sabe como es esto. Uno se convierte en un súbdito de su esfínter y todos los planes que habías hecho anteriormente deben ser revisados. Y la recuperación no es rápida; se requieren varios días y mucho mimo alimenticio para tus tripas. Aún así, yo me hice el duro (aunque por dentro estaba tan blando como un snickers cocido al sol) y al día siguiente de la rebelión gástrica, con todavía algunas fuerzas que tenía escondidas no sé muy bien donde, me lancé a la carretera.
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Convertido en un miserable odre lleno de inmundicia y haciendo un nudo con mis piernas para mantener el nivel freático en mis intestinos, llegaba a Samarcanda por la tarde, después de una tortuosa jornada de ocho horas de viaje en un taxi compartido (la forma habitual de viajar por Asia Central) con otros uzbekos. Estos estaban tan callados, que incluso parecían estar expectantes para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos en mi bajo vientre. Creo que esperaban un desparrame total de detritos, lo cual les hubiera hecho reír enormemente, pero pude contenerme y, por suerte, el taxista se ofreció a llevarme hasta la misma puerta del albergue donde me hospedé, el Bahodir Guesthouse.
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Desde la ventanilla del taxi, a través del vaho que se acumulaba en el cristal -proveniente de mi sudoroso cuerpo-, pude tener una primera y poco excitante visión del famoso Registán de Samarcanda, la plaza custodiada por un exquisito conjunto de mezquitas y medresas que fue mandada construir por el tirano Timur (también llamado Tamerlan, o Timur "el cojo") allá por el siglo XIV y que convirtió la ciudad en el centro de un nuevo imperio.
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Por desgracia para mí -y para deleite de mis díscolas entrañas- el Bahodir estaba lleno de viajeros hasta la bandera; había incluso familias enteras que viajaban con sus pequeños (algo que no es habitual en los albergues de bajo coste), y me dio por pensar, incluso, que la concurrencia femenina era más notable que la masculina (aunque tal vez fui traicionado por mi avergonzado subconsciente, pues afloró ese absurdo complejo adolescente que tiende a representarte como el centro de un mundo que solo quiere reírse de ti: "Ja, ja, mírale, se está cagando la patabajo, jua, jua, jua!").
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Pero el propietario del albergue fue compasivo y me hizo un hueco tras la puerta de una habitación que compartiría con otros viajeros y donde pasaría un periodo de retiro espiritual echado sobre un colchonzuelo, hasta que los demonios se marchasen de mi cuerpo. Poco me importaron las comodidades en ese momento, pues yo solo quería encontrarme con mi "pozo de los deseos", que resultó ser un bien delimitado, oscuro y honorable agujero en el suelo, el cual estuve utilizando como lugar de peregrinación habitual durante los primeros días de mi estancia en Samarcanda. Me había convertido en una nueva especie de "haji" (solo que en lugar de ir a la Meca, yo me-cagaba).
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Finalmente, como ocurre en todas las películas con final feliz, las maliciosas bacterias fueron reducidas y expulsadas de mi anatomía, y pude disfrutar de Samarcanda y de sus encantos. Pero otra revolución se estaba desarrollándo dentro de los límites de mi persona. Mi mente estaba cansada de ver tanta ciudad, tanta civilización -pasada y presente- y pedía justicia. Solo había una forma de seguir enriqueciéndome mientras viajaba, y esta era haciendo un giro a la esencia misma de la vida, un giro a la Naturaleza. Kirguizistán, mi siguiente destino, con sus montañas, parecía el lugar indicado.

Aral: asesinato de un mar

Aral: asesinato de un mar

19 de julio, Bukhara, Uzbekistán

El que estaba considerado uno de los mares interiores más grandes del mundo, el mar Aral, fue asesinado. Está muerto y su cadáver se consume poco a poco. Yo fui testigo de ello hace unos días.

A diferencia de otras catástrofes o cataclismos naturales, el mar Aral está desapareciendo del mapa debido a una decisión política dirigida específicamente a la extinción de este recurso natural. Fue durante la segunda mitad del siglo XX, cuando el gobierno de la también desaparecida URSS decidió construir un gigantesco canal de riego para las plantaciones de algodón, el cual atravesaría Turkmenistán y Uzbekistán y se alimentaría del agua que fluye por el imponente río Amu Darya, que nace en las montañas de Afganistán y desemboca, o desembocaba, en el mar Aral.

Desgraciadamente, ahora ya no llega más agua de este río, pues la que no es desviada al canal del Karakum -así es como se llama la criatura- se filtra en las arenas del desierto antes de alcanzar su antiguo santuario. Todo esto, junto con información más detallada, me explicó Yusup Kamalov, el director de la ONG UDASA (para quien quiera más información esta es la web: www.udasa.org), desde las decrépitas oficinas que esta organización dedicada a la preservación y defensa de lo que queda del mar Aral tiene en Nukus, capital de la región de Karakalpakstan (que literalmente significa el país de los cabezas negras), en la cual se sitúa el cadáver marítimo.

En cuanto supe de esta organización, quise visitarles y aprender un poco más sobre esta tragedia, pues en un viaje hay espacio para todo tipo de conocimiento, y en este caso, se trataba de algo que siempre había querido conocer. Cuando era un niño, con frecuencia me quedaba hipnotizado al contemplar los mapas del mundo. La gran superficie que englobaba a todos los países de la Unión Soviética, y que solía ser coloreada en rojo, encerraba dos grandes masas de agua: el mar Caspio y el mar Aral. Este último, más pequeño que el primero, llamaba mi atención de manera especial, pues aparte de sugerirme la idea de una tierra remota, enclaustrada entre Uzbekistán y Kazajstán, a la vez que misteriosa e inalcanzable, la manera en que era representado en los mapas me parecía curiosa, ya que para delimitar su superficie se utilizaban dos líneas, una que indicaba la orilla actual, en la parte interior, y otra que indicaba la orilla natural, en la parte exterior. Entre ambas líneas había zonas en las que la distancia superaba los 100 kilómetros.

Irónicamente, se da la circunstancia de que Uzbekistán es uno de los países a los que el mar abierto les es más desconocido, pues es uno de los dos países en el mundo que, no solo no tienen salida al mar sino que, además, ninguno de los países que le rodean la tienen (yo pensaba que era el único, hasta que un viajero canadiense me dijo, sonriendo, que había otro país donde se daba esta circunstancia: ¿adivináis cual es?).

En este viaje a las antípodas, no podía desperdiciar la oportunidad de enfrentarme a este misterio.

Después de entrar en Uzbekistán, procedente de Turkmenistán, y tras pernoctar en Nukus, donde visité la sede de UDASA, me dirigí a Moynaq, antiguamente un próspero pueblecito ribereño de este mar que se dedicaba, casi exclusivamente, a la pesca antes de que se consumase este crimen medioambiental. Hoy en día, sin embargo, Moynaq no es más que una triste aglomeración de casas bajas en torno a la carretera principal, la cual termina en la factoría de procesado y enlatado de pescado del pueblo, en la actualidad cerrada a cal y canto y en estado de ruina. No obstante, algunas personas siguen viviendo aquí, subsistiendo con una agricultura y ganadería precarias.

Hay incluso un pequeño y espartano hotel en el que me registré nada más llegar, como exigen las leyes del estado uzbeko. La única persona que había en el hotel, un joven en bañador que apuntalaba una de las ventanas de la planta baja, se sorprendió mucho al verme, cargado con mi mochila y con evidentes signos de cansancio, entrando en el pequeño jardín que da la bienvenida al hotel. Aún así, se alegró de que me presentase por allí y me atendió con mucha más amabilidad de la que esperaba de un sitio así. Estaba claro que el hotel había dejado de ser el negocio familiar hacía mucho tiempo y, sencillamente, la familia que lo regentaba se limitaba a vivir en él y a aceptar a cualquier cliente que apareciese, por muy poco frecuente que esto fuera.

El joven me enseñó la habitación, un sencillo espacio inconcreto entre cuatro muros que encerraban un camastro que nadie se había molestado en alinear correctamente con las paredes. Después me guió hasta otra habitación más descuidada todavía que utilizaría, con ayuda de una linterna, como cuarto de baño (o retrete, porque no había agua corriente). Sin embargo, toda esta precariedad no me importaba demasiado, pues yo ya había tomado la decisión de que esa noche no dormiría allí.

Una de mis manías como viajero (todos tenemos manías) consiste en pasar la noche en solitario en lugares que me atraen de manera especial. Mi primera experiencia de este tipo la llevé a cabo hace años en la Gran Muralla China, en el emblemático enclave de Shimatai, donde pasé la noche en una de las atalayas, tras haberme escabullido de la última ronda de vigilancia que la policía realizaba descuidadamente antes de dar por cerrado el lugar. Jamás se podrán borrar de mi mente las imágenes de la muralla serpenteando como un dragón chino sobre las estancadas y espesas nubes del alba. Del mismo modo, tampoco podré olvidar la deliciosa sinfonía de los instintos (así es como yo la llamo) coreada al unísono, durante la puesta de sol, por todas las bestias que pueblan el espesor de la jungla malaya de Taman Negara. O el zambullirse de los delfines de río, rosados como el culito de un bebé, al amanecer en las aguas del lago Tarapoto, en el amazonas colombiano.

En este caso, pasaría la noche velando por un lugar tan especial como triste en sí mismo, un auténtico cementerio de barcos dispersos por las arenas del desierto en el que se han convertido los alrededores de Moynaq. Los barcos, conforme el nivel del agua descendía de manera imparable, empezaron a quedarse varados en la arena del fondo y, finalmente, sus propietarios no tuvieron más remedio que dejarlos ahí, abandonados a su suerte como ridículos estandartes de la estupidez ilimitada del hombre y de sus temerarios intentos por dominar las fuerzas de la Naturaleza.

A mí, sin embargo, que soy amante de las embarcaciones y de la nobleza que irradian a pesar de no ser mas que "cosas", el lugar, completamente deshabitado y apartado del pueblo por unos pocos pero contundentes kilómetros cubiertos de inhóspita arena, me daba la oportunidad de ser uno con esta realidad tan dramática pero tan desconocida e ignorada por la mayor parte del mundo. Así pues, tras salir del hotel al atardecer, cargado con una pequeña mochila en la que introduje la sábana de mi cama, me dirigí a la única tienda que vi en Moynaq. Lo que ofrecían allí era poco: galletas, agua, lentejas, fideos, patatas, un traje de novia y tomates. Desestimé el traje de novia, los fideos, las lentejas y las patatas y me abastecí de lo demás.

Finalmente, tras una caminata de casi una hora y con el sol bajo en el horizonte, me presenté en el lugar donde más barcos se agrupaban y procedí a dar un paseo exploratorio. Escogí una de las embarcaciones, un bien conservado y pequeño buque -sin nombre- en cuyo camarote de popa extendí la sábana y mi saco de dormir. Después, con el sol desentendiéndose de mí, pero permitiéndome mirarlo fijamente sin ser abrasado por su fuerza, me senté a meditar.

En el silencio de la noche, con la escasa luz de una luna creciente, la imaginación volaba. La brisa, extrañamente, todavía me traía reminiscencias de un aroma similar al del salitre, lo cual solo pude atribuir a una supuesta salinidad de la arena de este nuevo desierto. Y conforme más dejaba llevarme de mi imaginación, más fuerte era el olor a sal, idéntico al del mar que me vio nacer. Y más azules y espumosos eran los oscuros arbustos que rodeaban al barco en el que había empezado a navegar. Y, a medida que los nudos de mi cerebro se convertían a unidades de medición de la velocidad marina, más lejos quedaban las luces de la orilla, y más surcaba las aguas. Navegando. Hacia el este.

Llegada al Turkestán (II)

Llegada al Turkestán (II)

15 de julio, Konya-Urgench, Turkmenistán

De Ashgabat encaminé mis pasos hacia el norte, adentrándome en las entrañas de un país donde las distancias encierran cambios en el espacio y también en el tiempo. Mi medio de transporte fue una de las pequeñas camionetas rusas de marca Gaz -con capacidad para unas diez personas- que tan populares son en los países de la esfera ex-soviética y que, a mí en particular, tan buenos recuerdos me traen de cuando viajé en una de ellas durante dos semanas surcando la inmensidad en las estepas del desierto del Gobi en Mongolia.

El destino fijado en esta ocasión era el centro del desierto del Karakum, que es la principal referencia geográfica de Turkmenistán. En este desplazamiento coincidí con una entrañable pareja de franceses, Anna y Mathías, con quienes firmé una de esas alianzas que tanto confortan al viajero independiente por la enorme calidad humana que proporcionan. Como salidas de la nada, estas personas son las que, una vez finalizado el viaje, con mayor frecuencia vienen a la memoria. Con ellos pasé tres agradables y divertidos días, aunque también bastante rocambolescos, lo cual es la sal de un viaje.

Era media tarde cuando llegamos a nuestro destino: en medio de la nada, en medio del desierto, en medio de un extraño país. El sol campeaba todavía enbravecido en un cielo sólido, el cual, ante la poca resistencia del paisaje, totalmente plano e infinito, caía sobre nosotros como un telón de gomaespuma iluminada.

El minibús nos dejó a un lado de la carretera, a pocos metros de una yurta (cabaña típica de los nómadas de Asia) regentada por una familia de turcomanos a los que el tráfico de vehículos ofrecía más substento que los escasos prados para ganado que se encuentran en el norte y este del país. Estaban dejando de ser nómadas, si es que no lo habían hecho ya del todo, pues el virus de la civilización había invadido sus espíritus sovietizados sin encontrar defensa inmunológica alguna. La carretera había sido su medio de contagio. Su principal negocio era dar de comer a los conductores que se apresuraban a viajar todo lo rápido que podían de norte a sur, o viceversa, entre los extremos sostenidos por la capital, Ashgabat, en el sur, y Konya-Urgench -puerta hacia Uzbekistan- en el norte. En medio de estas dos poblaciones, una nada absoluta que lleva entre 6 y 10 horas de cruzar.

El motivo de detenernos en aquel lugar, en vez de seguir hasta el norte, fue que decidimos visitar una de las curiosidades que contribuyen a calificar a este país de extraordinario. Hace algunos años, durante la realización de unas prospecciones llevadas a cabo con el fin de encontrar gas bajo el subsuelo del desierto del Karakum, se originaron, mediante voladuras controladas, unos enormes cráteres en el suelo por los cuales no deja de emanar una considerable cantidad de gas natural proviniente de una de las innumerables bolsas gaseosas que se alojan bajo tierra turcomana. Una vez el proyecto fue abandonado por motivos logísticos, a algún avispado se le ocurrió prender fuego a uno de estos cráteres con lo que, en la actualidad, éste se encuentra en un estado de ignición permanente. Dado el enorme tamaño del orificio (calculo que equivale en superficie a dos plazas de toros), el espectáculo que se aprecia, particularmente de noche, es sobrecogedor.

Si las historias sobre la existencia del infierno fueran ciertas, este cráter bien podría ser una de las ventanas por las que las condenadas almas verían el mundo que han dejado. Para llegar hasta él tuvimos que trabajar duro, a pesar de todo.

Nuestro propósito al llegar a la yurta era negociar un precio conjunto por la estancia (dormimos tirados en el suelo de la yurta), la comida y una excursión al cráter, para lo cual debíamos contar con un vehículo 4x4. Sin embargo, el cabeza de familia, un turcomano rudo, desaliñado y de mirada desconfiada, no hablaba ni una sola palabra de inglés. Tuve que desempolvar los cuatro vocablos de ruso que aprendí hace años durante mi estancia en el país del vodka, con el fin de tener alguna posibilidad de negociar favorablemente. Aún así, el único lenguaje con el que realmente llegamos a comunicarnos fue el de los gestos. En este caso, desarrollándolo hasta límites que llegaban a lo cómico, con los dos enfrentados a muy poca distancia y poniendo gran énfasis en nuestros mensajes. Llegar a un entendimiento exigió tal despliegue de imaginación mímica por parte de todos nosotros, que en algún momento no pude reprimir el reir abiertamente a carcajadas, pues, mas que comunicarnos, pareciamos hacernos la burla los unos a los otros.

Finalmente, la improvisada cumbre desembocó en un tratado entre ambas partes y conseguimos nuestro objetivo. El pastor se las arregló para que alrededor de las diez de la noche apareciera un camión ruso que debía ser de la II Guerra Mundial, con un desvencijado remolque de madera que transportaba una enorme cisterna de gas. Sobre ésta nos sentamos mientras éramos transportados durante una hora y media hacia el interior del desierto.

Fue uno de los momentos más memorables de mi viaje hasta entonces. Subido en lo alto de un vehículo de otra era, remontando dunas del desierto en medio de la oscuridad y con el cielo incendiado por todas las estrellas que, desde la Noche de los Tiempos, siempre han estado ahí, decorando la imaginación del hombre. Poco a poco, en el horizonte, amanecía a media noche, y conforme nos acercábamos, el resplandor de este amanecer irreal se hacía más fuerte, como si de repente la escala del Universo se hubiera reducido tanto que el sol hubiera quedado al alcance de nuestros pasos.

Pero no era el Astro Rey quien había transgredido nuestro horizonte esa noche. Habíamos llegado al cráter al que tanto habían insistido Mathías y Anna en explorar. Y en ese momento entendí el por qué de tanta insistencia.

En medio de la nada, en medio del desierto, en medio de un extraño país, nos encontramos mirando al Infierno por una ventana..., desde el Paraiso.

Llegada al Turkestán (I)

Llegada al Turkestán (I)

12 de julio, Ashgabat, Turkmenistán

Dejando atrás Irán, mis derroteros se encaminan hacia el norte, internándome en una de las regiones que, a pesar de su inmensidad, más misterio ofrecen al viajero que atraviesa Eurasia.
 
Asia Central es el término más admitido para definirla geográficamente aunque, quizás más en desuso por la fragmentación política que ha sufrido la región en el siglo XX, a mí aún me gusta referirme a ella como el Turkestán. Si bien, dicho sea de paso, ambas cosas no son exactamente lo mismo.
 
Por Turkestán me refiero al grupo de países donde se hablan mayoritariamente lenguas turcomanas, de la misma familia que el turco que se habla en Turquía hoy en día. En la actualidad, estos países son Turkmenistán, Kazakhistán, Uzbekistán y Kirguizistán. No son los únicos donde se hablan lenguas turcomanas, pues éstas se hablan, además, en Azerbayan y en grandes áreas de China, Afganistán o Irán (el término Asia Central se refiere sobre todo a los países asiáticos que se independizaron de la Unión Soviética a principios de los 90, entre los que hay que añadir a Tajikistán, donde la lengua que se habla es el Dari, de la familia del persa).
 
El primero de estos países que visité al abandonar Irán fue la República de Turkmenistán. Ni geográfica, ni política, ni social o culturalmente, se puede decir que sea éste un país ordinario. Y económicamente no es extraordinario, que digamos, a pesar de los enormes recursos naturales que posee (todos ellos bajo tierra, eso sí), principalmente gas y petroleo. De hecho, la gente común es bastante pobre y muchos viven en absoluta miseria. Otros, sobre todo la clase política, ferozmente corrupta y sometida por completo al presidente Niyazov, viven en una absurda opulencia que acaso raya lo paranoico.
 
Cuando llegué a Ashgabat, la capital, después de atravesar el agreste rango montañoso que separa a este país de Irán a bordo de una camioneta, me encontré de repente transitando por calles desiertas en medio de una gigante broma arquitectónica y urbanística.
 
La mayor parte del centro de Ashgabat consiste de una serie de edificios y zonas verdes cuya planificación obedeció a los mandatos del presidente Niyazov de convertir a la ciudad en una especie de vanguardia mundial, lo que a la postre se manifestó como un grotesco y erróneo espejo de una sociedad a la que el urbanismo planificado le es totalmente alieno, pues los turcomanos son, en esencia, nómadas. Tal vez sea este el motivo por el cual un proyecto civil de ese calibre (también es verdad que la ciudad necesitaba un "lifting" tras el terremoto que la redujo completamente a escombros hace cincuenta anos), supervisado en última instancia por un megalómano como es Niyazov, cuyos brios culturizadores recuerdan mucho al mismísimo Hitler o incluso a Mao Tse Dong, se haya salido completamente de escala. En la actualidad, esta Disneylandia garrula constituye, en realidad, una monumental verguenza para los turcomanos, los cuales en absoluto disfrutan de este entorno.
 
Inmensos edificios blancos coronados por deslumbrantes cúpulas doradas, con formas y estilos para cuya catalogación habría que inventarse un nombre, pues parecen ser una mezcla entre arquitectura mughal y estilo plateresco, con fuerte influencia de la línea que caracteriza a los edificios de la saga de la Guerra de las Galaxias y con la simpleza a la hora de hacer los montajes propias de la colección de los Clicks de Playmobil.

El excipiente paisajístico elegido para asentar toda esta colección de maquetas ciclópeas es un entramado verde de parques donde el cesped es atosigado constantemente por el agua que emana de una miriada de fuentes de diversas formas, cuyos chorros se combinan con un estridente y sicodélico programa luminoso.

Pero lo que más llama la atencion al visitante, al menos a mí, no es todo este despliegue de turcomanía sideral; el viajero jamás se ha sentido tan solo caminando por el centro de una capital en plena tarde. La soledad y el silencio de las aceras se refuerzan con el silencioso deambular de un reducido parque automivilístico, la mayoría del cual funciona con gas en lugar de gasolina. Además, el asfalto por el que circulan lentamente estos coches de manufactura rusa es tan liso y brillante, que los neumáticos, al rodar sobre él, emiten un somnoliento murmullo que recuerda al ruido ténue que hacen los carritos de la compra en una supermercado.

El único componente humano que abunda en este solar moquetado es la sempiterna presencia de la policía turcomana (uno de cada cuatro turcomanos es policía), siempre dispuesta a desarmar intentos de conspiración contra su amada patria. Yo mismo fui ocasional sospechoso de actividades irregulares contra el estado turcomano cuando relicé una rafaga de inocentes disparos con mi camara fotografica contra la engalanada ciudad, con tan mala suerte que uno de los policías que se hayaba al otro lado de la avenida pensó que realmente lo estaba fotografiando a él, algo que odian los policías de este país. La verdad es que cuando hizo que la ciudad entera se detuviera con su silbato, me disponía a fotografiar al sujeto, pues su silueta, recortada contra el verde cesped y encajada entre dos enormes edificios en la lejania, me resultó sujerente, con un sombrero de enorme boladizo aplastando un enclenque cuerpecillo al lado del cual giroteaba una colorida porra que destacaba sobre el gris oscuro y sin vida del uniforme.

El policía montó en cólera como un resorte al advertirme con la cámara. El estridente silbido de su silbato y sus aspavientos reclamando mi presencia inmediata en su posicion hicieron que el tráfico se detuviera en seco, con los conductores mirando expectantes para ver cuál era el desenlace de esta incursión invasora extranjera ante la que un pequeño héroe local había intervenido por el bien de la nación. No tuve mas remedio que obedecer al agente y dirigirme a su posición en el otro lado de la calle, que crucé sin problemas ante el inmovilismo que se había producido de repente. Tuve la sensación de que, en lugar de estar en medio de una enorme ciudad, me hayaba dentro de una habitación de altos techos y bien iluminada, donde todos los objetos que me rodeaban no eran más que grandes juguetes inhertes.

Pero el muñeco de peluche que me esperaba agitando su porra no tenía nada de parecido con el osito Winny de Poo. Su rostro resplandecía con ira y malébola satisfacción, con su faz mongoloide circunspecta y algunas fundas de oro en su dentadura (¡Estoy en Asia!). Tuve que pensar muy rápido cómo iba a salir de aquella situación sin grandes pérdidas. Opté por el respeto a la autoridad combinado con una defensa ferrea de mis pertenencias, las cuales no cedería. No obstante, tan pronto como llegué a donde me esperaba el policia, éste agarró mi cámara con un repentino gesto de rapiña y me hizo indicaciones de que quedaba requisada. No tenía más remedio que actuar, y lo hice acaloradamente, protestando en voz alta con la intención de que la autoridad del agente no fuera tan grande como para reducirme sin más.

Traté de llamar la atención de más policías con mis replicas pues, ante un agente corrupto, no hay mejor medicina que la exposición de sus intenciones ante semejantes, entre los que tarde o temprano aparece un superior que no está dispuesto a que un subordinado se lleve un botín desproporcionado. A los pocos minutos se acercó lentamente un policía que solo por su mirada serena ya evidenciaba un rango mucho mayor que el del desagradable muchacho que me había puesto en aquella situación. Así, al ver que éste se cuadraba ante el superior, ni corto ni perezoso, le quité la cámara de las manos. Sin embargo, éste se repuso y me pidió que se la devolviera. Yo no le hice caso y me dirigí al superior explicándole que podría mostrarles las fotos que había realizado para que vieran que no había nada particular o amenazante para la integridad del país. Se las hice ver una por una, pero aún así, el pequeño policía se empeñó en que las borrara todas, sabedor de que podía exigirme tal cosa ante un superior. Me volvió a quitar la camara de las manos y me esforcé en explicarle cómo tenía que realizar la operacion de borrado, pues consideré que mi mejor opcion era que perdería sólo las fotos que acababa de realizar. El policía las revisó una por una y las borró de la memoria digital, pero quiso verlas todas, iuncluso las que había realizado en otros países, así que, en un esfuerzo por mostrarme diplomático, se las hice ver todas (Bulgaria, Turquía, Irak, Irán...). Por suerte pude convencerle de que solo borrase las de la ciudad de Ashgabat.

Pero aún tuve más suerte cuando el héroe local ignoró la primera foto de Turkmenistán que aparecía en la memoria de mi cámara: una foto de la fachada del puesto fronterizo que había realizado clandestinamente al pasar a pie desde Irán a Turkmenistán. Si hubiera advertido esta imagen, en la que se puede ver incluso un cartel con la foto del presidente Niyazov, mi suerte habría sido muy distinta y hubiera perdido mucho más que quinde angustiosos minutos y unas cuantas fotos que podría repetir más tarde.


El viaje de Alí

El viaje de Alí

Si hay algo que tienen en común todos los viajes es que tienen un principio y un final. No importa cuanto tiempo duren o cuan largo sea su recorrido. Su carácter efímero es lo que los convierte en una experiencia única; maravillosa o dramática, emocionante o intranscendente, cara o económica, vital o mortal.

El viaje de Alí es una experiencia que aún se está desarrollando, como mi propio viaje. Y en un momento dado, el destino quiso que nuestros caminos se cruzaran, concretamente en Mashhad, al este de Irán, donde pasé un día entero en compañía de este misterioso personaje, el cual atrajo mi atención de igual manera a como anteriormente me habían seducido las montañas y gentes del Kurdistán, las ciudades e historia de Persia o la comida y ambientes de Turquía.

Por todo esto, he considerado razonable incluir en mi propio diario esta aventura humana de la que he sido testigo y por la cual he sentido admiración, respeto, pena y esperanza.

Alí comenzó a contarme su viaje mientras cocinaba una pizza en casa de Vali, el casero que nos alojaba esa noche a ambos y a dos cicloturistas holandeses. Yo me ofrecí a hacer de pinche para él, mientras que los dos holandeses negociaban con Vali la adquisición de una alfombra persa, tumbados en el balcón. Al preguntar a Alí donde había aprendido a preparar la pizza con tanta soltura, éste me confesó que había trabajado en un restaurante de Nápoles durante unos meses. Allí estuvo empleado como cocinero de manera ilegal aprendiendo el noble arte de la cocina, acaso la ciencia popular de las proporciones, de los tiempos, las substancias y temperaturas. No solo aprendió rápidamente, sino que además se convirtió en un buen cocinero, algo que en ese momento era vital para él.

Varios meses antes, Alí había abandonado su hogar en Tabriz (en el oeste de Irán) tras tomar la decisión, junto con su esposa, de emigrar a Europa durante unos años con la esperanza de hacer dinero trabajando duro, y tal vez, conseguir un permiso de residencia en algún país europeo. La apuesta fue muy grande, pues no solo dejaba en Irán a su mujer, sino también a su recién nacida hija y, además, se arriesgaba a que la aventura terminase en tragedia por las circunstancias en las que se fue. No tenía contactos en Europa y tampoco tenía ningún documento que le garantizase la entrada en la Unión Europea. Es decir, viajaba como "emigrante ilegal" en el sentido estricto de la palabra, con todos los riesgos que ello conlleva (y en España sabemos bien lo que eso significa). Sin embargo, la apuesta podría proporcionar un futuro mejor para él y su recién creada familia.

Después de cenar en el balcón, tumbados sobre la colección de alfombras kurdas y persas de Vali, y tras haber degustado con avidez la espectacular pizza, Alí me contó los detalles de su viaje, los cuales escuché con atención para poder recordarlos lo mejor posible, a pesar del robótico y escaso inglés que Alí era capaz de desplegar.

A Italia había llegado desde Eslovenia, a donde había entrado desde Croacia, donde se había desplazado desde Bosnia (como años antes tantos refugiados). Al país musulmán de los Balcanes llegó después de hilar una serie de recorridos a través de Serbia, Bulgaria y Turquía, destino éste alcanzado inicialmente desde su Tabriz natal por vía férrea. Su objetivo final era claro: siempre hacia el oeste, precisamente al contrario que mi actual viaje, siempre persiguiendo la salida del sol por oriente.

De todos estos movimientos iniciales, el más delicado y arriesgado fue el que realizó entre Eslovenia e Italia, pues entre ambos países existía entonces una frontera real custodiada por agentes fronterizos. Pero un día, después de mucho cavilar, se le ocurrió al astuto Alí que los agentes fronterizos italianos no tenían desarrollado un especial celo hacia las personas que frecuentaban las vayas que separan su país del pequeño estado esloveno, así que decidió hacerse pasar por un simple ciudadano deportista que practicaba "footing" a lo largo de la frontera, e incluso llegó a confraternizar con los guardias para que estos no sospecharan de sus intenciones. Así que, tras varios días realizando el mismo ejercicio, una tarde decidió que era el momento adecuado para poner en práctica su estudiado plan. Después de haberse saludado con los guardias mientras corría frente a ellos, como venía siendo habitual, eligió un lugar algo alejado del puesto de tránsito fronterizo y saltó limpiamente la vaya, alejándose rápidamente hacia el interior -ya en suelo italiano- y enredándose en las sábanas de la noche para pasar inadvertido través de los primeros kilómetros en tierra transalpina.

Moverse por suelo europeo fue relativamente sencillo gracias a la inexistencia de fronteras físicas. Primero el restaurante de Nápoles, después varios trabajos clandestinos aceptablemente remunerados en el norte de Italia. De ahí a Francia y luego a Bélgica, siempre con la precariedad como compañera de viaje. En un momento dado se le ocurrió que la clandestinidad no era una opción permanente ni provechosa para sus intereses, así que decidió viajar a Inglaterra, donde podría contar con la protección de una comunidad iraní en ese país que estaría dispuesta a ayudarle.

Cruzar desde Bélgica a Inglaterra por el Eurotunnel a través del Canal de la Mancha no sería fácil. Tuvo que esperar la ocasión de introducirse en uno de los cientos de camiones que hacen ese recorrido a diario. Finalmente, con gran esfuerzo y poniendo de nuevo su vida en peligro, consiguió alojarse sobre los ejes del remolque de uno de los camiones, cuando éste ya estaba en movimiento después de haber sido registrado por los funcionarios del túnel.

Encajado entre las ruedas del enorme vehículo, Alí tuvo que hacer grandes esfuerzos mentales para no decaer ante la dramática prueba ante la que la Vida le había enfrentado. Sentirse como una rata escondida en un camión que era transportado bajo el mar fue sin duda una enorme carga para su cansado orgullo, pero sabía que era la única manera de conseguir su objetivo: dinero suficiente para optar a una vida mejor con su familia en Irán. El rostro de Alí se endurecía y su ritmo de voz se hacía espeso, con sus ojos vidriosos escrutando el infinito en la noche persa, mientras contaba este episodio de su odisea particular.

El camión ni siquiera se detuvo nada más llegar a la costa inglesa, sino que continuó su marcha durante varias horas, haciendo su primera parada cuando ya estaba bien adentrado en la isla británica. En ese momento Alí no desaprovechó la oportunidad para descolgar su agazapado y exhausto cuerpo de los ejes del remolque, reptando doloridamente hacia el andén de la carretera y desapareciendo en medio de la maleza.

Un nuevo país, un nuevo clima, una nueva sociedad y un buen puñado de oportunidades de cambiar el rumbo de su vida.
En Inglaterra le fue relativamente bien a nuestro personaje. Permaneció allí varios años, en los que trabajó duro y en los que consiguió reunir una buena cantidad de dinero que siempre administró con rigor, pensando en el futuro de su incipiente familia.

A diferencia del viajero que vaga por el mundo conociendo culturas e historia, Alí se preocupó sobre todo por aprender en materias prácticas que sirviesen a sus objetivos. Así, en lugar de hacer cola en la entrada de la Tate Modern Gallery o de pelearse en las verjas del palacio de Buckingham para sacar la mejor foto del cambio de guardia, Alí adquirió conocimientos sobre política y regulación de la inmigración; sobre organizaciones de acogida y asesoramiento para inmigrantes; sobre canales para enviar dinero a su país de origen o sobre las distintas vías para formalizar su estatus y dejar de ser "ilegal".
Al final, decidió que Inglaterra no era el mejor sitio para esto último, al tiempo que supo que el país donde mayores posibilidades tenía de acabar con su condición de ciudadano proscrito era Noruega, donde podría ser acogido como refugiado político. En llegar al país escandinavo puso todo su empeño a partir de entonces y, gracias a la enorme experiencia adquirida en los años anteriores, pudo hacerlo con relativa facilidad.
 
Primero a Suecia en barco desde Inglaterra y después, atravesando una de las fronteras menos perceptibles del mundo, el país vikingo de los fiordos.Se dirigió directamente a Oslo, en cuyas oficinas centrales de la policía se presentó por su nombre y declaró su deseo de convertirse en refugiado político iraní, auspiciado por las normas noruegas sobre inmigración. Su plan funcionó y, efectivamente, tras unos lentos procedimientos administrativos, se le otorgó la codiciada condición. Sin embargo, Alí empezó pronto a aprender lo que eso conllevaba. En principio pudo disfrutar de la sensación de ciudadanía, aunque en la práctica no pudiera considerarse un ciudadano libre. Se le asignó un cuarto en un edificio para refugiados políticos de varias naciones, donde disfrutaba de cobijo y alimento.
 
Con el tiempo, Alí decidió que su nueva situación no era mejor que la anterior; no al menos pensando en su familia, pues su estatus no le permitía trabajar legalmente y, después de un tiempo (en el que también se tuvo que enfrentar a los rigores del invierno noruego), decidió que lo mejor era volver a su país. Se daba por satisfecho con lo conseguido y se sabía incapaz de prosperar más al margen de su familia.

No obstante, una sombra de duda planeaba sobre su mente en los últimos meses antes de su vuelta. Por desgracia, sus sospechas se hicieron realidad y al retornar a Irán supo que su mujer le había abandonado y se había ido a vivir, llevándose a su pequeña, con otro hombre junto al que se había instalado en una casa recién comprada con el dinero que Alí enviaba poco a poco desde el comienzo de su aventura.

La reacción de Alí fue serena en apariencia. La turbulencia de los pensamientos que ocupan la cansada mente de un hombre en una situación así escapa a mi imaginación, pero la violencia con la que éstos debieron chocar unos contra otros, como á tomos desbocados en medio de una reacción química nuclear, desembocaron en un estado de ánimo nuevo para él. Descubrió que no tenía sentimiento de culpa. Por otro lado, las raíces que había comenzado a clavar en Tabriz, regándolas con dinero europeo, habían sido arrancadas de cuajo. Su posición en el mundo era más resbaladiza que nunca y la toma de una decisión, por alocada que fuera, era la única vía de preservar su cordura y apego a la vida. La carretera fue su elección.

Desde entonces, Alí recorre los caminos de Irán, en un viaje en bicicleta que dura ya tres años. En ese tiempo ha recorrido miles de kilómetros a lo largo y ancho de Irán, conociendo historias y formas de vida que ningún otro viajero es capaz de conocer. Su medio de vida es la pequeña limosna, que Alí sabe recaudar y administrar con dignidad, solicitándola por una causa justa, sin mendigar. Alí suele ofrecer su ayuda y habilidades a gente corriente que se va encontrando en su camino, y a la que únicamente pide alimento y cobijo a cambio de su esfuerzo, eso es todo cuanto necesita.

En ocasiones recorre cientos de kilómetros sin cruzarse con ningún ser humano, así de vasta es la geografía persa. Ultimamente, gracias a que ha adquirido cierta fama dentro del país, pide algo de dinero a las oficinas de turismo en las grandes ciudades por las que va pasando, a las que promociona con material turístico (camisetas, CDs, mapas, etc.), o sencillamente dando información a los turistas a los que se encuentra. No suelen darle mucho (cuando le dan algo), pero recuerdo muy bien su alegría cuando salió de la oficina de turismo de Mashhad, después de haber hablado con su director. "¡¡¡Me han dado 20 jomeinis (unos 20 dólares)!!! ¡¡¡Esta noche cenamos pizza!!! ¡¡¡Vamos a comprar los mejores ingredientes!!!"

Es media noche en Mashhad, la ciudad santa de los chiítas. Alí ha bajado su mirada y guarda silencio, meditabundo tras contarme su historia. Juguetea inocentemente con su encendedor. Le pregunto si ha rezado hoy, pues en ningún momento le he visto hacerlo (los chiítas rezan tres veces al día, en lugar de las cinco que lo hacen los sunitas). "Yo no tengo nada que ver con todo eso", me dice. "De vez en cuando bebo alcohol. A veces fumo hachís. No me parece que sea malo. Los religiosos no me interesan, ni tampoco las religiones".

Le pregunto qué pensó del hombre que le había usurpado a su mujer y a su niña. Utiliza un inteligente símil para responderme: "Cuando voy por la carretera con mi bicicleta y me encuentro con un escorpión en mi camino, no paso por encima. Me detengo delante suyo, sin hacerle ningún daño, y le digo que se aparte. Al final, el animal se retira y yo sigo mi camino".

¿Y tu hijita? ¿No la echas de menos? Le pregunto algo indeciso. Durante toda la narración no me ha mirado a la cara. Se ha limitado a hablar perdiendo la mirada en las estrellas, como si éstas fueran los signos de puntuación de su historia. Pero ante esta pregunta se vuelve hacia mí y me responde con una mirada clara, llena de sosiego y convencimiento. "Yo sé que en el futuro ella vendrá a mí".

Tal vez entonces termine el viaje de Alí

Irán: viajando por la Revolución

Irán: viajando por la Revolución

7 de julio, Mashhad, Irán
 
Escribo este artículo desde la ciudad santa de Mashhad, en el este de la República Islámica por excelencia: Irán. 
 
La Revolución del 79 es como una enorme bola de plomo que lastra cada movimiento cotidiano de los iraníes. De igual modo a como se representa a los presos en los cómics o caricaturas, cada iraní debe arrastrar su propia parte de penitencia. Sin embargo, el lamento por ello es dispar, pues mientras unos, sobre todo los jóvenes, ven en ese lastre una injusta condena vitalicia, otros, los fundamentalistas y los clérigos chiítas mas recauchutados, hacen de esta pena un alarde de martirio ante los ojos del todopoderoso Allah. Las mujeres, en cualquier caso, son quienes peor cargan con semejante Sambenito debido a una absurda segregación y ocultación que acaso parece propia de una rabieta infantil ante los ojos del viajero occidental. No vale tocar! No vale mezclarse! No vale mostrar de muñecas hacia dentro, ni de cuello para abajo, ni de tobillo hacia arriba! Y por supuesto, no vale mostrar el cabello! Si solo mostráis los ojos, y nada más, entonces mucho mejor, pues permitiréis que los hombres, que hacemos las leyes, que interpretamos las palabras del Profeta, seamos alejados del pecado. Envolved vuestra gracia para que no tengamos malas tentaciones. Apartaos de nosotros para que no rocemos nuestra piel con la vuestra. Compartimentos separados en el autobús. Vagones independientes en el metro. Lugares separados para el culto en la mezquitas y mausoleos. Parece como si un absurdo juego de niños se hubiera convertido en el aburrido día a día al que juegan los iraníes.
 
Es difícil acostumbrarse a esta atmósfera, a esta crispación congénita que envuelve a los iraníes. Como me contaba Pasha, un anciano de Teherán que había estudiado y trabajado en Inglaterra antes de la revolución islámica emprendida por el Ayatolá Jomeini para derrocar el régimen de los Shas, "no debería haber vuelto de Inglaterra, me equivoqué. Ahora vivimos bajo una opresión asfixiante. Los bashi (policía secreta) lo vigilan todo, escuchan cualquier conversación, pagan bien a los informadores que están dispuestos a delatar a sus vecinos o compañeros de trabajo insurgentes. Nadie tiene dinero para llegar a fin de mes. Yo soy pensionista y tengo que trabajar como taxista -al igual que cualquier otro que tenga un coche, todos somos taxistas aquí. Los jóvenes no ven futuro y están deprimidos. Ni siquiera pueden organizarse para llevar a cavo una contrarrevolución por temor a ser arruinados de por vida o, peor aun, asesinados". Le pregunto por los iraníes que están en el extranjero y si tienen un posible líder que les pueda guiar hacia un futuro mejor. "En el extranjero, el único líder del que podemos esperar algo es Mr. Bush". Así es, el futuro parece desolador para las personas que buscan libertad de expresión en este país. 
 
Abandonar Irak en dirección a Irán, siguiendo mis pasos en sentido inverso al tomado una semana antes, fue una calida experiencia que retengo en mi memoria de manera especial. Nada más llegar a Silopi -ya en Turquía- me subí a un minibus con destino a Sirnak, que es la capital de la pequeña región que lleva el mismo nombre. Mis acompañantes eran todos niños de doce anos que se dirigían a esta localidad, en compañía de uno de sus profesores, para realizar una serie de exámenes, algo muy habitual en las provincias turcas del este, donde algunas poblaciones son tan pequeñas que los exámenes de carácter mas oficial deben realizarse en las ciudades de mayor tamaño. Los niños exultaban entusiasmo y yo era su centro de atención constante. Tímidos al principio, pero asalvajadamente campechanos al final, se envalentonaron los suficiente como para poner en practica los rudimentarios conocimientos de inglés que atesoraban, en ocasiones señalando a uno de ellos, ciertamente con cara de espabilado, como interlocutor, ya que debía ser el que mejores notas tenia en lengua inglesa. El chaval, más que hablar, me hacia gestos de los conceptos relacionados con España que mejor conocía, por supuesto de futbol, pero también de toros, así que, para reírme un poco con los traviesos muchachos, les dije que yo era torero, y creo que hasta el profesor se lo creyó. Entre risas llegamos a Sirnak, encalada en lo alto de un grupo de rocosas montañas con vistas a un valle irregular (los habitantes de Sirnak dicen que es en este monte, y no en el Ararat, donde el Arca de Noe hizo tierra tras el Diluvio Universal), y allí me despedí de todos ellos, como si de amigos de la infancia se tratase. Entonces pensé en los niños que había visto en Irak, que eran muy pocos y apenas se los veía jugar en la calle. Casi siempre los observaba merodeando en los recibidores de las casas, entretenidos con algún artefacto al que habían atribuido las lúdicas propiedades de un juguete; una escoba, un neumático, una sábana... cualquier instrumento con el que agitar su bombardeada imaginación les servía

Desde Sirnak viaje a Van, la ciudad más importante del extremo este de Turquía. Desde allí haría un ultimo desplazamiento por este país hasta la ciudad fronteriza de Dogubayazit, a escasos kilómetros de la frontera con Irán. Sin embargo, mis dos últimos días en Turquía no fueron meras jornadas de tránsito. Por suerte (o por costumbre, teniendo en cuenta que estaba viajando por el Kurdistán), el conductor del minibus desde Sirnak a Van me invitó a pernoctar en su apartamento, el cual comparte con unos estudiantes. Por supuesto acepté, y fui recompensado. Durante un día entero disfrute de la compañía de unos jóvenes kurdos que me trataron con tanto aprecio como a un hermano. Juntos disfrutamos de baños turcos, de comida tradicional y, sobre todo, de buena conversación.
  
Al día siguiente de mi estancia en Van viaje hasta Doguvayazit, únicamente para pasar la noche antes de entrar en Irán. No obstante, la atmósfera de esta población fronteriza tenía algo especial. Algo grandioso; algo con lo que cuentan pocas ciudades fronterizas en el mundo: La imponente presencia del monte Ararat y la majestuosa estampa del palacio de Isaac Pasha.
 
Desde Doguvayazit hay un corto trecho de unos diez kilómetros hasta la frontera con Irán, y durante todo el recorrido es difícil abstraerse a la intimidatoria presencia del monte Ararat, el cual alcanza los 5.615 metros de altura, aunque la sensación es de que alcanza mucho más que eso, ya que esta relativamente aislado de otras montañas y sus faldas parten abruptamente desde una inmensa llanura que aún lo hace destacar más sobre el paisaje. Vigilante como un soberbio guardián, este monte observaba todos mis movimientos a un lado y a otro de la frontera, y al final, justo antes de perderlo de vista entre las paredes de la garganta a lo largo de la cual se esconde Maku, la primera ciudad iraní, se me antojo pensar que había sido bendecido por él para disfrutar de una agradable estancia en Irán.
 
Hay veces que entras en un país trastabillado, como si hubieras sido empujado en él sin estar del todo preparado o mentalizado; Sin haber digerido las experiencias en el país que abandonas. Esta es la sensación que tuve al llegar a Irán, la Gran Persia. Tal vez los días anteriores en Irak y Turquía pesaban demasiado en mi mente, y el hecho de entrar en un país tan diferente me sacudió sin ofrecerme apenas tiempo de reacción, por lo que mis desplazamientos iniciales fueron torpes e incluso tildados de cierta desgana. Admisiblemente aburrido los dos primeros días hasta dejar Tabriz, la primera gran ciudad iraní al entrar desde el oeste.
 
El lugar más destacable de esta vieja urbe es su famoso bazar, resaltado en la incipiente literatura de viajes por el mismísimo Marco Polo, en su crónica sobre su recorrido desde Venecia hasta China (las malas lenguas dicen que en realidad el veneciano sólo llegó hasta Tabriz y que allí se limitó a recopilar información sobre Oriente a partir de la cual inventó su historia). Para hacerlo más interesante decidí visitarlo al anochecer, con los negocios cerrados o preparándose para ello. Me sorprendí a mi mismo en la oscuridad de las callejuelas cubiertas que forman la gran colmena del bazar. La penumbra hacía destacar cualquier negocio tímidamente iluminado en la lejanía, preparándose para la jornada del día siguiente. De vez en cuando, alguna motocicleta se cruzaba en mi camino repentinamente, sin haber sido escuchada al aproximarse debido a la muda acústica del parrillado complejo. Al final, como había imaginado al entrar, acabé perdiéndome en sus calles y mi entretenimiento consistió en encontrar una salida del laberinto.
 
No le di muchas más oportunidades a Tabriz, como tampoco se las he dado a muchos otros lugares que he visitado, un gesto del que debe avergonzarse cualquier viajero que transita por el mundo, saboreando, olfateando, impregnándose de cultura a marchas forzadas. No es malo avergonzarse en este sentido si se hace con humildad, pues siempre queda el romántico consuelo de que un día, en el futuro, se volverá a ese lugar, para pagar la deuda que se le debe; para entender lo que pasa y ha pasado en cada sitio que se visita. Pero la realidad es que casi nunca se vuelve, no a todas las ciudades al menos, y siempre es mejor bajar la cabeza ante la evidencia de que el viajero es un oportunista, no un detallista. Viajamos por el mundo esperando que la tierra nos ofrezca su mejor cara a nuestro paso. Pero no volvemos la mirada, ni nos ofuscamos por la efímera atención de nuestros sentidos porque, ante todo, nuestro mapa es el horizonte, en cuya inmensa curvatura apoyamos nuestros brazos como si de un privilegiado balcón se tratase. Más allá de éste fijamos nuestra inquieta mirada. El horizonte es la apuesta, la tierra es el premio. 
 
Autobuses renqueantes, arcaicos trenes españoles revendidos a bajo precio, coches humeantes y aladrillados con marca propia: Paykan, el horgullo nacional, el coche al que todo iraní daspira, una ingenua copia del famoso Renault 12, y un auténtico devorador del ozono que hay en la atmosfera debido a las enormes emisiones de CO2 que libera con cada trago de barata gasolina que consume. Con esta combinación de medios de transporte me adentre en la tierra de Dario el Grande. Primero Tekab, desde donde visité las inquietantes y escénicas ruinas de la vieja ciudad de Takht-e Soleyman. En torno a un crater del tamaño de un campo de fútbol que no deja de bombear agua clara al exterior, se hayan dispersas las ruinas de este extraño enclave persa que pasó a manos de los mongoles cuando estos barrieron todo el territorio entre China y Hungría, y que después abandonaron, entregándolo al polvo. Hoy en día poco queda de este curioso asentamiento, pero su posición en medio de un amplio y árido valle, muy cerca de otro no menos curioso crater elevado que era utilizado como prisión, ayuda a tener una visión de la nueva realidad que me acoge como viajero. Irán es diferente. Siempre ha sido diferente. 
 
En Tekab, una pequeña población de mayoría kurda y azarí (étnia turca), pasé dos noches. Aquí tuve mi primer contacto real con la sociedad iraní, sobre todo con la juventud, pues nada más llegar al único hotel que hay en el pueblo -y caro (12 euros!!)- fui asaltado amigablemente por Sajaad, un joven estudiante ávido de practicar su inglés con extranjeros. Su educación y cortesía al dirigirse a mí fueron propios del "manual de buenas maneras", así que no pude negarme a parlamentar con él. Y no tardé en hacerme eco del primero de los gritos que habría de escuchar acerca de la represión del actual régimen islamista iraní.
 
Con Sajaad acordé encontrarme al día siguiente de mi llegada, por la tarde, para seguir hablando, ya que en ese momento estaba muy cansado debido a la retahíla de medios de transporte que me habían llevado hasta Tekab. Pero a la mañana siguiente, cuando me dirigía a las ruinas Takht-e Soleyman, fui interceptado por otro sonriente joven, en esta ocasión Mohamed, un estirado y algo amanerado muchacho que me ofreció su ayuda para encontrar transporte hasta allí. También él se empeño en que nos viéramos por la tarde para hablar. Su inglés era en apariencia bueno, sin embargo, las escasas oportunidades que se le habían planteado para practicarlo suponían una irritante interferencia para una comunicación fluida, de manera que no fui capaz de hacerle entender que mi agenda estaba muy apretada. Así pues, decidí citarme con él a la misma hora que con Sajaad, a las seis de la tarde en la recepción del hotel. Cuando llegó el momento y me presenté allí, la escena me resultó sumamente cómica, pues me encontré a ambos sentados en el recibidor y elegantemente vestidos para la ocasión; Mohamed con su bigote veinteañero bien recortado y Sajaad con una camisa recién planchada. Ambos sonreían forzadamente, como si se tratase del novio que espera a la novia en su primera cita. En este caso yo era la "novia", y además sentí que no tenía un pretendiente, sino dos, pues incluso pude apreciar cierta fricción entre ambos por la pequeña derrota que les supuso a cada uno el tener que compartirme.
 
La tarde la pasamos en un local que servía helados únicamente de dos sabores, o mejor dicho, de dos colores, ya que para mí fue imposible identificar a qué fruta correspondía cada color. Después fui presentado a un gran número de amigos y familiares de ambos, todos ellos extremadamente educados. Tuve la intensa sensación de que mi día en Tekab había estado cargado de una espesa dualidad, de dos componentes complementarios que podían ser claramente separados y que tenían el mismo peso, aunque diferente signo. Por un lado, la visita a un enigmático lugar cargado de historia y de historias, con el aliciente de haber sido el único visitante extranjero, y por el otro, la absorvente comunión con la sociedad iraní, llevada a cabo de una manera tan fluida que me hizo sentirme familiarizado con el entorno tan solo unas pocas horas después de haber entrado en él. Este, sin duda, fue uno de los sellos de mi visita a Irán, el cual podría sintetizarse en un claro binomio: ser Humano e Historia.
 
Tekab tuvo más oportunidades en mi camino que Tabriz, a pesar de ser un pequeño pueblo con casas feas, fabricadas con el habitual ladrillo de barro iraní. De allí me desplacé en taxi a Zanjan y, tras rechazar amablemente la invitación a cenar de uno de mis compañeros de taxi, monté en un autobús con destino a Qazvin, otra histórica ciudad persa, en esta ocasión punto de mi partida hacia las montañas de la región de Alamut. Esta zona da cobijo, en sus altas cumbres, a una serie de castillos medievales construidos en el siglo XI por el líder de una emergente orden religiosa, Hasan-e Sabbah, el cual consiguió formar un pequeño pero fanático ejército de seguidores entregados a sus intereses políticos y religiosos. Estos seguidores se caracterizaban por perpetrar estudiados crimenes contra personages religiosos y políticos persas de la época. Con el tiempo, estos activistas fueron bautizados popularmente como los Hashissiyun, palabra que derivó, gracias a la pluma del genial Shakespeare, en el término inglés assassin, que traducido al español quiere decir asesino.
 
En Alamut me abstraje de la realidad durante dos días en una pequeñísima aldea llamada Ghazor Khan, que se expande tímidamente a lo largo de un arroyo a los pies de los restos del principal castillo ocupado por la secta de Hasan-e Sabbah. Hoy en día poco queda del edificio, pero su localización es lo más destacable, pues se asienta sobre una columna rocosa que asciende desde lo alto de una de las montañas en el centro de la región. Sin duda, el lugar fue elegido, más que por su idoneidad orográfica, por su intimidatoria presencia, la cual debió imponer un enorme respeto a todos los que lo observaran, incluso a varios kilómetros de distancia.
 
En Gazor Khan me explayé todo lo que pude, haciendo los primeros ensayos de trekking en mi viaje mientras era acogido en un "hotel" familiar, consistente en un habitáculo sobre un corral custodiado por una graciosa y atenta familia local. Mi oxigenación en Alamut fue una decisión acertada teniendo en cuenta lo que me esperaba en los días venideros, nada menos que mi llegada a la caótica y enorme capital iraní: Teherán. 
 
Esta capital está reconocida como una de las poblaciones con mayores índices de polución del mundo, producida principalmente por el CO2 de los millones de coches y motos que recorren cada palmo de asfalto que hay en la ciudad. Y por desgracia, en Teherán, hasta las aceras para caminantes están asfaltadas, lo que quiere decir que cuando uno cree estar a salvo tras haber cruzado valientemente cualquiera de sus calles, nada te puede librar del riesgo de ser atropellado por una moto o coche que pretende ahorrarse espacio mediante una rápida y temeraria incursión en la zona de peatones.
 
Es difícil tomarle el pulso a esta enorme urbe de aproximadamente 15 millones de habitantes. El estress que se acumula poco a poco desde la mañana alcanza cotas que no había conocido en ninguna otra de las ciudades en las que he estado con anterioridad, con el agravante de que en Teherán, al llegar la noche, uno no tiene muchas oportunidades de reconciliación con las calles tranquilas, ya que no hay locales abiertos más allá de las diez de la noche, y los que hay son puestos de comida rápida, en los cuales la relajación no es el principal aliciente. Al llegar la noche, sencillamente, el mejor lugar en el que estar es el hotel en el que uno se hospeda. 
 
No voy a negar que se apoderó de mí una sensación de rechazo hacia esta ciudad, de la cual no me pude librar durante los varios días que pasé allí. Pero por desgracia, la necesidad me hizo permanecer en ella más de lo que hubiera deseado. Efectivamente, como habrá podido imaginarse el que haya seguido este diario, Teherán es un punto estrátegico irrenunciable desde el que seguir desarrollando la tarea que más molesta al viajero: la obtencion de visados para países que se visitarán más adelante. Creo que en algún momento debería publicar un artículo en este blog que tratase únicamente sobre el tema de los visados y las innumerables situaciones adversas o curiosas que se le pueden plantear a uno cuando se dispone a obtener este irritante tipo de documentos. Prometo hacerlo pronto.
 
Mi intención en Teherán respecto a los visados era conseguir únicamente el de Turkmenistán, esa misteriosa ex-república socialista en la que entraría cuando dejase atrás Irán. Encontrar la embajada de este país fue arduo trabajo, una auténtica acción coordinada en equipo, formado por mí mismo y por el entusiasta taxista al que endosé semejante misión. Al pobre hombre de poco le sirvieron mis consignas, pues estas consistieron vagamente en darle el nombre de una pequeña calle en medio de un extenso barrio del norte de Teherán. Bastante tuve yo con hacerle entender el nombre de la calle, ya que el término Embajada de Turkmenistán me fue imposible de transmitir en farsi (persa), el idioma oficial del país. Al final la misión se cumplió, no a un bajo precio precisamente, pero en estos casos uno tiene que ser práctico y poner a un lado la preocupación económica. De hecho, las embajadas suelen tener horarios de atención al público extremadamente reducidos (en ocasiones una hora y media por la mañana), por lo que llegar tarde supone un nuevo día de espera. En la embajada de Turkmenistán, una graciosa mansión con jardín y con una enorme foto de su presidente junto a la puerta principal, tuve que hacer cola en uno de los muros laterales del edificio, tras una poco inteligente ventanilla demasiado elevada sobre el suelo, lo que había obligado a colocar unos antiestéticos escalones para llegar a ella. Una vez abierta la ventanilla, la absurda posición suplicante que uno tiene que adquirir para hacer la solicitud no es más que una pequeña muestra de lo que te espera en ese país.
 
La mayoría de los que esperaban en la cola trabajaban para agencias de transporte por carretera, las cuales necesitan conseguir los visados para los camioneros que viajan desde Irán hasta Turkmenistán. Pero finalmente pude solicitar el visado, en este caso de tránsito -solo válido para cinco días- ya que un visado turístico para Turkmenistán viene a suponer casi lo mismo que si lo pidiera para Korea del Norte, es decir, excursión totalmente planeada, guiada y vigilada por algún representante del gobierno, algo que se traduce en frustración para el visitante y una gran cantidad de dinero. Y por fin pude planear mi salida -acaso escapada- de Teherán. Decidí que viajaría durante unas dos semanas por el centro del país, donde se encuentran algunas de las ciudades con mayor valor histórico de Irán.
 
Mi primer destino fue Isfahán, a donde me desplacé en un tren nocturno que partía desde la estación de largas distancias de Teherán. Una de las cosas que llamó mi atención al subir al convoy fue el hecho de que se trataba de un viejo tren español que debería tener más de treinta años y que, según me explicó Sahib, un aspirante a cantante con el que compartí el camarote, se trataba de una de las muchas "gangas" que el gobierno iraní se ve obligado a buscar en el mercado internacional de segunda mano para poder mantener en funcionamiento su infraestructura civil. Y es que Irán viene a ser algo así como la Cuba de Oriente Medio, un país de grandes recursos, con gente muy cualificada, pero con grandes carencias y, además, con un embargo impuesto por Estados Unidos que explica por qué en el país apenas se encuentran productos occidentales.
 
Isfahán era para mí una de esas ciudades que, cuando uno se las imagina mucho antes de haberlas visitado, se pegan con fuerza a las paredes de la memoria, con tanta fuerza, que nunca llegan a caerse en el pozo del olvido que se haya justo en medio de éstas. Es por ello que al pasear por sus calles, al cruzar sus puentes o al entrar en sus mezquitas, sentí un gran éxtasis de realización como viajero; como viajero responsable y entregado a los sueños de la infancia.
 
Cuatro días pasé en esta relajada ciudad, visitando su formidable Plaza del Imam, construida para deleite del Sha Abbas El Grande, caudillo de la dinastía Safavida, el cual patrocinó la construcción de sus edificios más notables. Visité el enredado y caótico bazar; los refrescantes y verdes parques que se imponen con orgullo al cemento y al ladrillo en el mismo centro de la ciudad. Además, me perdí en las calles del pequeño barrio armenio situado en el sur de esta antigua capital persa, salpicado de un gran numero de iglesias cristianas, rodeadas todas ellas de numerosos cafés en los que la juventud armenia desafía, con su estilo liberal, al régimen autoritario islámico que impera en todo el país. Por las noches el lugar más agradable eran las orillas del rio Zayandeh, cosido sublimemente por un exquisito entramado de puentes de piedra, sutilmente iluminados y dotados de un precioso color de miel que explica por qué los esfahanos merodeaban aturdidos y complacidos en torno a ellos, como moscas juguetonas, simplemente paseando tranquilamente en familia o en parejas. También personajes solitarios, con ojos llenos de poesía, el arte al que se rinden los persas, como si su manera de hilar las palabras solo tuviera sentido expresada en verso. Esto empecé a comprender en Isfahán, sobre todo cuando el día de mi marcha, en la estación de autobuses, mientras esperaba uno con destino a Shiraz, una joven llamada Samira me obsequió con un libro propio de poemas escritos en farsi. "Son poemas, pero es como mi diario. Tengo más, mucha gente aquí tiene los suyos propios" me decía tan solo cinco minutos después de haberla conocido.
 
Mi siguiente destino no fue un sitio al que puedan hacer sombra muchas creaciones de la historia de la humanidad. La ciudad de Shiraz, además de ser una joya en sí misma por su valor cultural y arquitectónico, es la base para visitar la ciudad ancestral de Persépolis, la marca arqueológica por excelencia de Irán, de Persia, de toda una civilización que ha perdurado a lo largo de los siglos.
 
Persépolis se haya a unos cuarenta kilómetros de Shiraz, en la que pasé dos noches. Fue fácil aprovechar el reducido tiempo que dediqué a esta parte del país. Afi, un joven estudiante de inglés con quien compartí asiento en el autobús hasta allí, se ofreció a acompañarme y me invitó a su casa. El día que visité Persépolis amenazaba con llover intensamente, así que mis temores sobre un sabotage climatológico a uno de mis días más importantes en Irán se acrecentaron hasta el mismo momento en que entré en la vieja ciudad, junto a Afi y su hermano Ami. Sin embargo, a medida que mi rostro comenzaba a desdibujarse con una incuestionable mueca de asombro, las nubes decidieron concederme una tregua. Aunque en ese momento ya no me importaba.
 
La lluvia no habría hecho que apartase mi mirada de la imponente Puerta de Jerjes, a través de la cual accedían antiguamente al recinto los dignatarios de otras naciones que llegaban hasta allí para rendir pleitesía a Jerjes I, hijo de Darío el Grande, que fue quien mandó construir la ciudad en calidad de emperador de toda Persia. Hoy de esta solo queda en pié el pórtico, mientras que los muros han desaparecido por completo. Pero las impresionantes figuras con rostro humano y cuerpo de toro que dan forma a éste, son uno de los iconos arqueológicos más destacables del mundo antiguo. De hecho, no queda mucho de la ciudad original, que más que una ciudad era una enorme fortaleza donde los caudillos persas disfrutaban de la primavera en compañía de sus familias, harenes, ministros y funcionarios. Pero quedan las huellas, los detalles, las proporciones. Los espacios marcados por derruidas columnas en el palacio de Apadana, por los estoicos ventanales del palacio de Darío el Grande, por las vacías tumbas de Artajerjes II y III. Son muestras sublimes de una grandeza atemporal, que puede ser revivida gracias a una imaginación alimentada de héroes y villanos de la Historia.
 
Tras la visita al corazón de Persia fui invitado a cenar en casa de Afi, junto a su hermano y a su madre. Su casa está a solo unos cinco kilómetros de Persépolis, en una localidad llamada Marvdasht, un afeado pueblo plano y polvoriento que, al igual que cada una de las poblaciones de Irán, saludan al visitante con un enorme cartel en el que se dibujan los rostros de los combatientes nacidos en ellas y fallecidos durante la triste guerra entre Irán e Irak, hace más de veinte anos. Los mártires son así recordados para siempre, y consiguientemente, también es recordado el horror de la guerra. Ambas cosas deben perdurar en la memoria del pueblo iraní, como si de otra condena vitalicia se tratase.
 
Tras cenar con la familia de Afi, en una elegante casa con un espacioso salón forrado de alfombras de vivos colores, decidí dirigirme de nuevo a Shiraz, donde necesitaba dormir unas horas antes de poner rumbo de nuevo al norte. La familia insistió en que pernoctara allí, sin embargo, preferí no hacerlo ya que necesitaba algo de tiempo para mí mismo, para escribir, para relajar la mente, algo que es difícil cuando uno es objeto de una amabilidad y hospitalidad tan intensa como la que ofrecen los persas. Al abandonar el hogar se dio una situación que aún recuerdo con humor. En el umbral de la puerta, justo después de habernos despedido calurosamente, tanto Afi como su hermano Ami y su madre parecieron compartir repentinamente un semblante de gran trascendencia, remarcado por una serie de rápidas miradas asustadizas entre ellos. Como si quisieran decirme algo, o hacerme algo, pero no se atreviesen. Finalmente, Afi, la única persona con la que podía comunicarme con palabras, se decidió a hablarme. "Tu sabes cuanto cuesta una máquina de hacer tatuajes en Europa?"
 
Aún debo una contestación al joven Afi, pero algún día se la haré llegar. Pensándolo bien, una sociedad tan puritana como la iraní, en la que mostrar grandes partes del cuerpo es de hecho ilegal, puede ser un terreno bien abonado para la práctica del arte del tatuaje, tan ligada al exhibicionismo en la sociedad occidental, pero tal vez concebida más como una forma de arte de la insinuación, tan practicado por los persas, en especial las mujeres, las cuales solo pueden mostrar en público las manos, casi todo el rostro, algo del cuello, un pequeño porcentaje de los pies y una pizca de tobillos; como si todas estas proporciones formaran parte de una formulación divina que salvaguarda los preceptos coránicos del Islam. En este arte de la insinuación, los pequeños detalles son los que ofrecen todo el significado de la expresión humana. En esto, las mujeres persas han desarrollado un elegante estilo que, a pesar de caracterizarse por una ocultación de sus encantos, invade las calles de las grandes ciudades y les da un protagonismo contra el que jamás podrá luchar ninguna doctrina religiosa.  
 
Enfilando mi retorno a Teherán, decidí visitar la ciudad de Yazd, que me dió la impresión de ser un enorme hormiguero, ya que en su parte antigua esta integramente construida con muros de barro alisado. Se trata de una gran hoya en la que las altas temperaturas diurnas lo cuecen a uno lentamente. En este lugar era necesario esperar a las horas vespertinas en las que el sol empieza a bajar en el horizionte, fijando su ardiente mirada en tierras más occidentales, con el fin de salir a la calle y disfrutar de su belleza. Aquí es habitual comer carne de camello, pero eso no es relevante en comparación con la historia que guarda orgullosa esta relajada población. Yazd es el centro religioso más importante para los Zoroastras de Irán. La religión zoroastra, o zoroastismo, es la primera religión de la historia que postulaba la existencia de un solo dios. Esto fue dicho así por Zaratustra, hace unos cuatromil años, quien vió en el fuego la representación divina del creador del universo, motivo por el cual los zoroastras se caracterizan por mantener llamas eternas en sus diferentes templos, ante las que rezan sus plegarias. La familiaridad con el fuego de los zoroastras, su capacidad para transformarlo y para hacerlo cotidiano, fue principalmente desarrollada por los clérigos zoroastras, los cuales eran llamados magis, termino del que proviene la palabra "mago". Ademas, el término mago, tal y como lo conocemos en la cultura cristiana, tiene una asociación directa con los magis zoroastras, pues se cree que los Tres Reyes Magos de Oriente eran señores zoroastras provinientes de Irán, concretamente de la ciudad de Kashan.
 
A pesar de todo, el zoroastrismo es una religión en declive. Tal vez su carácter ancestral y algo misterioso no pudo aguantar el empuje con el que se introdujo el Islam en Irán, una religion mucho más sofisticada y adaptada a la forma de vida de las gentes de Oriente Medio. Hoy no quedan más de cien mil zoroastras en Irán, y si bien no son perseguidos o acosados por las autoridades religiosas iranies, en cierta forma sí están discriminados y bloqueados por las estrictas exigencias de las leyes de la república islámica.
 
Teherán parecía reirse lascivamente de mí conforme me veía aproximarme a ella. Con la cabeza agachada y cierto cansancio, no tuve más remedio que volver a esta agrupación de despropósitos urbanísticos. Tal vez fuera pura sugestión, pero desde el tren que me devolvió allí ya podía escuchar los bocinazos y ronroneos de los millones de coches y motos que forman los rios de chatarra que fluyen por las ardientes calles teheranas.
 
Por si fuera poco, mi estancia habría de prolongarse más de lo que había pensado cuando abandoné Teherán para hacer mi recorrido por el centro del país, pues a mi propósito de recoger el visado para Turkmenistán se había unido la difícil misión de solicitar -y obtener- el visado para Pakistán. Esto lo decidí después de haber hablado con un viajero italiano en Yazd, quien me aseguró que si no lo hacía en la capital iraní, ya no tendría casi posibilidades de conseguir el visado para ese país en ningún otro sitio de mi ruta prevista. Aún así, mis posibilidades de conseguirlo aquí eran reducidas, pues las embajadas pakistaníes tienen la costumbre de remitir a los solicitantes de visados a las delegaciones pakistaníes en sus propios paises, es decir, debería haber obtenido el visado para Pakistán en España, cosa que obviamente no hice al no tener la certeza de cuando llegaría allí. Me hallaba en una encrucijada, así que mi principal tarea consistió en buscar la embajada pakistaní en Teherán para salir de dudas. Trabajo duro de nuevo, pero cumplido al fin y al cabo. En la embajada de Pakistán fueron muy reacios a facilitarme las cosas. Me obligaron, antes de poder solicitar el visado, a entregarles una carta de recomendación de la embajada de mi propio país en Irán. Así pues, la primera parte de la misión consistió en ir a la embajada española en Irán y pedirles la dichosa carta, algo que al parecer no les resultaba nada familiar. Pero finalmente, una señora salió de una oficina adjunta a la salita en la que guardaba espera, acompañado de una enorme foto de Don Juan Carlos y Dona Sofía, y me entregó la carta de recomendación. A partir de aquí todo fue más fácil, pero aún tuve que volver al menos tres veces a la embajada de Pakistán antes de obtener el visado, con entrevista ante el embajador incluída.
 
Con el tema de visados resuelto, por fin pude alejarme de Teheran. Pero, un momento, el que haya leído esto pensará que para mí esta ciudad fue un infierno al que decidí descender de manera voluntaria. Debo de hacerle justicia a la gran urbe persa del siglo XXI y no puedo dejar de reconocer que, en primer lugar, sus gentes son tan amables como en el el resto del país (aunque más expeditivas). Por otro lado, la capital iraní cuenta con una excelente colección de museos, de los que tengo que destacar, por el deleite que me causaron, el Museo Nacional de Joyas, cuya entrada es ya un puro espectaculo, con modernisimos sistemas de seguridad. Todo ello para salvaguardar las posesiones que allí se esconden: una mareante cantidad de joyas infectadas de millones de diamantes a los que era adicta la dinastía Safavida que regía el Imperio Persa desde Isfahán en el siglo XVI.
 
Otro museo que me ayudó a despegarme de las viscosas calles de Teherán fue el encantador Museo de Cerámica y Cristal, donde en un gran número de ocasiones tuve que achinar mis ojos al máximo para apreciar cada detalle de las delicadas piezas que allí se exhiben. Por otro lado, aquí pude saber que el porrón es un invento persa, por mucho que les pese a los aficionados españoles a la sangría y a la clara de cerveza.
 
Mucho me costó esfumarme de Teherán. Al engorroso oficio de conseguir visados, había que añadir la circunstancia de que mi siguiente destino era la ciudad santa por excelencia de Irán: Mashhad. Para hacerse una idea de lo que supone viajar a este santuario, se puede presentar un ejemplo meramente logístico. Mientras que para ciudades importantes como Isfahán o Yazd parten únicamente 2 trenes al día desde Teherán, en el caso de Mashhad el número de trenes diarios oscila entre 12 y 15, dependiendo de la temporada. A pesar de esta abundancia de pasajes, conseguir un billete en uno de estos trenes es toda una aventura que se desarrolla en la planta superior de la estación de ferrocarriles de Teherán. La cola que hay que guardar para obtener un número que dé derecho a comprar el billete es de las más largas que he tenido que hacer en mucho tiempo. No menos de tres horas y media permanecí esperando. Y esto ni siquiera me aseguraba un asiento en el tren, ya que después tuve que pelearme con un gran numero de devotos a los que no podía entender ya que ni siquiera sabía que es lo que tenía que hacer para comprar el billete una vez obtenido el número de espera. En estos casos, como ya me ha ocurrido tantas veces, jugar la carta de turista ignorante es lo más provechoso, siempre que se lleve a cabo con amabilidad. Así, hice ver a uno de los empleados que quería pasar porque tenia número, como todos los que estaban a mi alrededor. La habitual disponibilidad de los persas hacía los extranjeros se puso de nuevo de manifiesto y el empleado me coló por todo el medio de una multitud enfurecida y me llevó hasta la ventanilla, donde pude comprar el billete. Con este en la mano, y ante la creciente crispación que me rodeaba, tuve que buscar una vía de escape, la cual me fue de nuevo facilitada por el empleado ferrroviario, quien hizo de escudo humano para mí. Al abandonar el lugar me lamenté por la lluvia de protestas que tuvo que soportar el hombre, pero pareció recibirlas estoícamente, casi con orgullo, ante el acto de buena fe ante un extranjero que acababa de realizar. Irán está lleno de gente como él.
 
Efectivamente, Mashhad es popular. Los musulmanes chiítas, facción del islam eminentemente persa, la consideran más santa que a la propia Mecca. Los chiítas son seguidores de la guía espiritual y coránica del califa Alí Talib, el hijastro y primo del profeta Mahoma. El era el cuarto de los califas a los que Mahoma había encomendado la misión de difundir y proteger el Islam, pero sin embargo, era el único con lazos de sangre directos con el Profeta. Los musulmanes sunitas -que son la mayoría en el mundo islámico- no obstante consideran a los cuatro califas como guías espirituales legítimos del islam.
 
El santuario de Ali Reza, un célebre clérigo chiíta, es el centro de la fe musulmana de Persia, por lo que el ambiente en esta ciudad -célebre también por sus alfombras- está cargado de una agradable mezcla entre misticismo y tradición. Allí me alojé en la casa particular de un extrovertido iraní que ofrecía su hogar, a través de internet, para dormir y comer a un bajo precio. Por supuesto también vendía alfombras, y los que se hospedaban en su guarida constituían su principal mercado. No obstante Vadi, que así es como se llamaba, no era muy insistente y prefería disfrutar de la compañía del extranjero antes que esforzarse por todos los medios en venderles algo, por muy buen material que fuera. Mientras estuve allí coincidí con tres cicloturistas, dos holandeses y un iraní. Este último, de nombre Alí, resultó ser todo un personaje al que guardo especial aprecio.
 
Con Alí congenié desde el principio. Su aventurado viaje alrededor de Irán durante tres años sobre una vetusta y atiborrada bicicleta me fascinó por considerarlo un viaje cargado de sentimiento, aunque probablemente sin ningún sentido en sí mismo.

En mi última noche en Irán, tras haber disfrutado de una agradable velada con mis compañeros de apartamento, y bajo los efectos de esencias afganas, Alí me contó su viaje. 

Welcome to Irak

Welcome to Irak

3 de junio, Erbil, Irak

Esta mañana he sido despertado de un profundo sueño por los ladridos de uno de los dos perros que viven en el apartamento en el que hemos pasado la noche. Hubiera estrangulado lentamente al chucho si no hubiera sido porque, aparte de ser el amo de la casa de facto, es el ojito derecho de Barna, la amable profesora de inglés que nos ha invitado a dormir en su salón, después de que el día anterior hubiéramos estado un buen rato paseando con nuestras mochilas por las calles de Sirnak sin poder encontrar ningún hotel. Sospecho que el perro que me ha despertado es el mismo que anoche, justo antes de echarme a dormir, decidiera que el sofá debía ser perfumado con eau de pis, dejando bien claro quien era el propietario de mi lecho temporal. En ese momento, con el cansancio del largo viaje, poco me importó la incontinencia de la inmunda bestia. Sin embargo, esta mañana, con sus ladridos, reconozco haber sentido odio hacia ese bicho pulgoso.

Es duro despertarse así, pero hay algo en mi ánimo que amplifica cualquier estímulo que recibo. Siento un conato de ansiedad que debo reprimir con suave meditación. De pronto necesito espacio y tiempo, y enseguida compruebo que no dispongo ni de lo uno ni de lo otro. Debo asumir que en breves minutos un taxi vendrá a recogernos. Mihal y Manuel, mis compañeros de viaje en la ultima semana, tomarán un autobús en la plaza del pueblo con destino a Hakkari, en el este de Turquía, y yo tomaré un minibús con destino a Silopi, la pequeña población desde la que todo lo que va hacia el sur va directamente a Irak.

Cruzar la línea que separa Turquía de Irak no ha sido una decisión fácil, y no la he tomado hasta disponer de cierta información relevante. La gente me dice que es relativamente seguro, siempre y cuando no vaya a las ciudades de Mosul y Kirkuk, ni a ninguna otra más al sur de estas dos; en definitiva, que me quede en el Kurdistán Iraquí controlado por los Peshmerga, milicianos kurdos. Aquí es donde se puede disfrutar de cierta sensación de seguridad a pesar de ser extranjero, pues al menos en esta región los occidentales no son objetivo fácil de la resistencia iraquí o de las bandas insurgentes que operan más al sur.

Sin embargo, justo la noche anterior, mientras tomábamos unas cervezas en casa de Barna en compañía de su amigo kurdo Illa, éste me llena de dudas. Cuando yo pensaba que la ciudad de Duhok, en el norte de Irak, es una zona transitable, él me indica que no es recomendable permanecer allí, pues se rumorea que el PKK ha instalado en este lugar su cuartel general temporalmente, desde el que pretende intensificar sus acciones contra el ejército turco, habitualmente hostigado por este grupo armado. Sin embargo, no puedo renunciar a pasar por allí si quiero ir más al sur, a Erbil y a Suleymaniyah. En cualquier caso, la decisión está tomada y la sonrisa de Illa al hablar en estos términos no me provoca mas que deseos de encontrarme pronto allí, para comprobarlo por mí mismo. Después de todo, ¿qué debo de temer del PKK? No forman parte de ninguna cruzada antioccidental y su principal enemigo es el gobierno turco. Con estas elucubraciones mentales me tranquilizo.

La realidad es que en esta región están ocurriendo cosas que pueden centrar la atención del mundo entero dentro de poco tiempo, en mayor medida incluso que la situación global en Irak. Se trata de una zona muy sensible de Oriente Medio, ya que concierne enormemente a otros países como Turquía, Irán o Siria, que hasta ahora han mantenido una posición relativamente discreta (al menos en cuanto acciones emprendidas se trata) con respecto al conflicto iraquí. Sin embargo, el gobierno de Turquía está comenzando a levantar la voz y a hacer recriminaciones a las fuerzas de la coalición por la enorme capacidad de autonomía que están otorgando al Kurdistán irakí, el cual podría convertirse en un estado independiente cuando acabe la intervención, con el beneplácito de los EEUU y del gobierno títere de Irak. Quizás por este motivo se están empezando a ver signos de violencia contra esta región.

Esta visita, más que ninguna otra que he hecho durante este viaje, está impregnada de una fuerte carga de momentum. De hecho, estoy corriendo un grave riesgo de, cuando menos, quedarme bloqueado en el interior de Irak si, como parece que va a suceder, Turquía decidiera cerrar su frontera con Irak. En una situación así, mis posibilidades de abandonar Irak se reducirían mucho y se encarecerían más todavía, pues mi única vía de escape sería tomar un avión desde Erbil o Bagdad, algo que mucha otra gente querría hacer al mismo tiempo.

 

Es casi medio día y estoy en Silopi. Intento ver el lado positivo de mi situación en cada instante, y ahora me congratulo por no haber perdido mucho tiempo al abandonar Sirnak. Despedirse de mis compañeros de viaje ha sido triste pero me ha dejado un saco lleno de buenos recuerdos. Hace un calor sofocante, pero me he provisto de agua en abundancia. La última etapa en Turquía consiste en desplazarse en otro pequeño minibús desde Silopi hasta el puesto fronterizo, que en el lado turco se llama Habur. Y ahí llego finalmente, después de media hora de lento recorrido.

La hilera de camiones apostados en uno de los carriles de entrada es kilométrica y la mayoría habrán de pasar la noche esperando para llegar al otro lado. Sin embargo, no hay ningún coche, y por desgracia, los guardias turcos me dicen que si quiero salir de Turquía y entrar en Irak tiene que ser a bordo de un coche. Me sugieren que espere, ya que debe de aparecer un taxi en algún momento, pues hay un cártel de taxistas especializados en atravesar la frontera, así que decido quedarme a esperar a que aparezca uno. El sol está en su punto más alto y las rejas del complejo fronterizo no me proveen mas que de unos palmos de sombra, por lo que debo pegarme a ellas para no ser abrasado por el astro rey, a quien mi situación poco parece importar. Finalmente, los aburridos guardias, tras preguntar mi nacionalidad (como es habitual por estas tierras antes de que alguien tenga una iniciativa hacia ti), me invitan a sentarme con ellos a la sombra y me ofrecen agua fresca. Después de todo, soy su único entretenimiento. Por supuesto, nuestra devaluada conversación gira en torno a los equipos de futbol españoles, sobre todo al Real Madrid.

Finalmente aparece un taxi, pero éste va cargado ya con cuatro personas. Maldición! tal vez haya sido un error no buscar taxi en Silopi, en lugar de tomar el minibús, el cual, después de todo, no tiene como objetivo llevar a nadie a la frontera, sino transportar a la gente que trabaja dando avituallamiento a los pacientes camioneros. Esto explica porqué he sido el único en bajarme al final del trayecto. Pero soy afortunado. Mi confraternización con los acartonados guardias unos minutos antes les ha puesto de mi lado y, en un acceso de autoritarismo, obligan al taxista a que me embuta en su crujiente taxi, un Renault 12. Y comienza el baile.

El taxista me pide el pasaporte y 20 liras turcas (unos 12 euros). Con esto tendrá suficiente para cobrarse mi trayecto y para "recompensar" la agilidad de los funcionarios fronterizos. De hecho, sabe lo que hace, pues al principio parece ir todo muy rápido y obtengo el sello de salida de Turquía con gran facilidad. Pero la cosa se complica cuando en el último puesto turco, desplegado por militares, requieren mi pasaporte. El soldado raso que lo recibe lo ojea detenidamente y lo hace llegar a un superior. Este, indignado por mi decisión de cruzar a Irak, donde tendré toda libertad para mezclarme con sus enemigos kurdos, me interroga a fondo. Finalmente, me pregunta cual es el motivo que me lleva a Irak y no se me ocurre otra expresión más inocente que "turista". "¡¡¿Qué?!!, ¡¡¿Turista?!!" "¡¡¿Qué vas a ver allí?!!" me pregunta gritando a viva voz. "Pues viejas ciudades, montañas y algún río" le contesto en tono conciliador. "¡¡¿Y no hay nada de esto en Turquía?!!" me replica haciendo de la coherencia su caballo de batalla. Entonces, le doy más detalles de mi viaje y le digo que intento visitar todo tipo de lugares y que en Irak me gustaría conocer algunos sitios concretos, como Erbil. En todo momento tengo la delicadeza de no mencionar la palabra kurdo o Kurdistán, lo cual comprometería demasiado mi viaje. Finalmente, no tiene más remedio que devolverme el pasaporte y dejarme pasar. Mis compañeros de taxi, que han sido testigos del interrogatorio, me miran con gestos de apoyo y de comprensión al retornar al interior del vehículo. De alguna forma, pienso que me he ganado su respeto.

Llegamos al lado irakí, a escasos 500 metros del confín turco. La situación se vuelve sorprendentemente relajada. Soy cuestionado amablemente por los motivos de mi viaje y por mi situación laboral, etc. Naturalmente les digo que sigo trabajando pero que he tomado unas semanas de vacaciones para viajar por oriente medio. Decirles que actualmente no trabajo para ninguna empresa también me haría sospechoso. El oficial que me atiende, como no podía ser de otra forma, se interesa por mi equipo de futbol favorito, y aunque el futbol de hoy en día me interesa tanto como las casas de muñecas, le digo que yo soy seguidor del equipo de mi ciudad, del Valencia. Se lo digo para que vea que puedo aportar novedades a sus conocimientos futbolísticos, pues aunque por aquí todos se consideran muy aficionados al futbol español, raro es aquel que conoce otro equipo que no sea el Madrid o el Barcelona. Esto le parece interesante y acabamos hablando de grandes jugadores, así que acabo por decirle que kempes fue el mejor. Mejor incluso que Maradona. Inmediatamente estampa el visado en mi pasaporte y me da la bienvenida a su país.

De nuevo todos al coche, como en el juego de la silla, solo que por respeto a mis compañeros, que tanto han tenido que esperar por mi culpa, decido sentarme compartiendo asiento con el copiloto. Queda un último trance y de nuevo soy yo el que debo separarme del grupo. El jefe de la oficina fronteriza de la Agencia de Seguridad de la Región del Kurdistán quiere hablar conmigo. Soy invitado a sentarme en un sala en la que se encuentran el oficial jefe, un militar con un uniforme réplica de los que utiliza el ejército americano y en cuyo hombro se lee "special forces" y otro vestido de paisano que habla buen inglés. Me ofrecen té y me piden que me acomode y que no me preocupe por mis compañeros, pues ellos ya se están buscando su propio transporte a sus destinos. El interrogatorio se repite, de nuevo con sencillez y amabilidad, pero en este caso tomando muchas notas, transcribiendo todo lo que digo, como en una declaración ante un juez. Es importante no contradecirse, así que soy franco. Finalmente, me piden que tenga cuidado y me dan un número de teléfono por si necesito ayuda. Su verdadero interés es que no me ocurra nada malo en su país.

Al salir de allí ya estoy en territorio irakí y tengo que buscarme la vida. Aún no es tarde y eso me da tranquilidad, pero he de encontrar la forma de ir a Duhok, a unos 60 kilómetros. Ya estaba advertido de que estos trayectos entre ciudades se deben hacer en taxi, pues no hay autobuses de larga distancia, pero de nuevo debo pensar como viajero roñoso y encontrar la forma de que esto me cueste lo menos posible, que en cualquier caso será bastante dinero. Lo ideal es encontrar un taxi compartido con más pasajeros, pero al llegar al puesto de los taxis, la única persona que hay esperando a ser transportado es Erkan, un turco que precisamente venía conmigo en el taxi transfronterizo. El va directamente a Erbil, a unas cuatro horas de camino y me sugiere, con gestos, que vaya yo también y así podemos compartir gastos, nada menos que 45 dólares por persona. El taxista nos convence de que no está dispuesto a bajar el precio un solo céntimo, pero aún así, acepto la propuesta. De todas formas, como tengo que volver a Turquía, siempre puedo visitar Duhok a la vuelta.

El taxi, un moderno toyota, se incorpora a la carretera y a los pocos segundos la quinta marcha hace coger gran velocidad al vehículo. La carretera no está en muy mal estado, pero la aguja del velocímetro no deja de moverse de izquierda a derecha con firmeza y cuando quiero darme cuenta nos desplazamos vertiginosamente a 180 Km/h por un paisaje plano y árido. Todo lo que se pone en medio de nuestra trayectoria es esquivado con pericia por nuestro taxista, quien no deja de hablar tranquilamente por su teléfono móvil. Desde mi asiento de copiloto lanzo una mirada de sobresalto al otro pasajero, el turco, pero éste parece demasiado acostumbrado y se limita a perder su mirada en el infinito. A medio camino hacemos una parada en un chiringuito en medio de la nada. Al bajar del coche el aire caliente se abalanza sobre mí como una ardiente jauría de pirañas. El bochorno es impresionante, mucho peor que el calor experimentado en Turquía, así que corro a refugiarme en la sombra y allí tomo un té, acompañado de Erkan. El hombre se esfuerza en hacerme conocer su oficio y acabo por entender que se dedica a poner baldosas en el suelo del aeropuerto de Erbil; Aunque lo mismo me ha dicho que da cursos de tricotaje, pero qué importa. Lo bueno es que tratamos de comunicarnos.

Cuando nos disponemos a volver a la carretera, una figura humana se materializa al lado del coche repentinamente. No tengo la menor idea de donde ha salido, pero el taxista lo presenta como su hermano y nos indica que será él quien nos lleve hasta Erbil. Al observar al sujeto me alegro de juzgarlo más responsable que su hermano, pues parece más mayor, mejor vestido y tiene una mirada serena que me hace pensar que su forma de conducir será mucho más relajada. Sin embargo, un minuto después, el destino -o la voluntad de Alá, como se suele decir por aquí-, me sorprende en medio de tres enormes camiones que circulan en direcciones opuestas haciendo rugir sus bocinas. El único gesto del conductor es una ligera mueca de apuro, pero no levanta el pie del acelerador.

A lo largo de todo el trayecto los controles de los peshmerga kurdos han sido continuos, cada 20 kilómetros más o menos, pero al llegar a las inmediaciones de Mosul, el panorama cambia y puedo apreciar con claridad que los militares del puesto de control en el que somos detenidos son árabes iraquíes. Sus banderas nacionales así lo indican. Su aspecto es mucho más desaliñado y descuidado, mezclando ropa militar con ropa vieja o deportiva. Además, llevan las armas desenfundadas y balancean los kalashnikov con descuido y ligereza. Incluso los lugareños que viven al lado del puesto de control van armados con rifles de asalto. La tensión crece en el interior del taxi y deseo con todas mis fuerzas que mi pasaporte no sea requerido esta vez, como viene ocurriendo el 50% de las ocasiones a lo largo del recorrido. Por suerte, mi aspecto y mi rostro, en el que fuerzo un semblante de paleto hirsuto mientras el agente husmea en el interior del vehículo, no le han debido de parecer occidentales o sospechosos, por lo que nos permite continuar la marcha. En adelante, de nuevo los controles son llevados a cabo por peshmerga, los cuales en una ocasión me hacen vaciar por completo mi mochila. Pero no me preocupa demasiado. Estos agentes no representan peligro para mí, más bien todo lo contrario.

Por fin llegamos a Erbil y nuestro primer destino es un descampado a las afueras en el que se están construyendo unas enormes trincheras para proteger el aeropuerto. Es un lugar ideal para una emboscada, así que mi tranquilidad vuelve a ser azuzada. Sin embargo, sólo hemos venido aquí para esperar a que los amigos o compañeros de Erkan, el turco, vengan a recogerlo, lo cual ocurre después de un par de llamadas telefónicas. Finalmente, éste se despide y el taxista me conduce al centro de la ciudad, donde me ayuda a encontrar un taxi local que me lleve a un hotel.

En medio del barullo de una ciudad que vive en la calle soy conducido al hotel Qandeel. Al llegar a la recepción, lo primero que llama mi atención es un grotesco colage fotográfico colgado de la pared que ilustra los sonrientes rostros del presidente iraquí, Jalal Talabani, el presidente del kurdistán, Barzani, y en la parte inferior las famosas caras de George Bush y Tony Blair. En medio de los cuatro, un afinado reloj marca las horas de estos nuevos tiempos. Por desgracia, me indican que no tienen habitaciones disponibles, algo que no me extraña, pues al estar justo en medio del bazar de la ciudad, el hotel debe de ser muy popular con los mercaderes. La situación no me gusta mucho, ya que ahora tendré que buscar otro hotel, no sé muy bien donde, y con el sol ocultándose en el horizonte, desentendiéndose de mí una vez más. En el hotel Qandeel me hacen indicaciones de que hay más hoteles alrededor, así que les suplico que me permitan dejar la mochila a su cuidado durante el tiempo que dure mi búsqueda. Finalmente doy con el Hotel Ali, en un extremo del bazar, en el cual tienen habitaciones disponibles, así que reservo una, vuelvo a por mi mochila al hotel Qandeel y paseo ésta por todo el hervidero humano del centro de la ciudad hasta que, finalmente, llego de nuevo al hotel Ali, donde soy conducido a una celda con aire acondicionado y televisión.

Antes de que se apague el sol doy un paseo por el centro de la ciudad, coronado majestuosamente por una compacta ciudadela que se alza en lo alto de una colina tan perfectamente circular que parece artificial. Es como un gran flan plantado en el epicentro de una urbe plana. Sin embargo, decido que no es momento para visitarla y lo dejo para el día siguiente. Cuando regreso al hotel no hay luz. El recepcionista me hace gestos de que no puede hacer nada ya que es un corte general, haciéndome entender que es mejor que me vaya acostumbrando. Cuando finalmente vuelve el suministro eléctrico, me sorprendo al comprobar que en el hotel disponen de canal satélite y aprovecho para ver si hay alguna novedad con respecto a la tensa situación que se vive en este momento. La BBC muestra unas imágenes de ese mismo día en el que unos tanques turcos descargan un arsenal contra una colina fronteriza, con el objeto de intimidar a la milicia kurda. Mis temores sobre el posible cierre de la frontera se acrecientan, así que decido dormir para olvidar y espero a que el nuevo día en Erbil me llene de energía.

Amanece temprano, como en todos los países de la zona. El jaleo del bazar ha hecho de despertador y, tras comprobar que de nuevo no hay luz, salgo a dar un paseo. Más tarde voy al Museo de Civilizaciones de Erbil, pero al llegar me dicen que ya está cerrado, pues el museo solo abre hasta las dos de la tarde. Es la una y media de la tarde. Uno de los cuatro conserjes que hay en una salita contigua a la entrada me dice que vuelva mañana antes de la una y media, pero de repente sale uno que ha oído la conversación y dice, dirigiéndose enfadado a su compañero, que el museo en realidad cierra a las doce (!). Les digo que mañana no estaré porque voy a Suleymaniyah, y no se les ocurre otra cosa que decir, a los mantas, que entonces vaya al Museo de Suleymaniyah, que es igual que el de Erbil. Claro, les digo, en España tenemos un Museo del Prado en cada ciudad!

Son ratas de oficina. Acomodados. Probablemente reciben fondos del extranjero para mantener decentemente el museo -además de pagar sus salarios-, por el cual no sienten ningún aprecio ni entienden que alguien quiera desplazarse hasta allí para visitarlo. Algo enfadado, decido visitar la ciudadela, pues al menos -pienso-, ésta no debe de tener horario de cierre. Pero al llegar allí, después de haber escalado la colina en la que se asienta, descubro que no solo no tiene horario de visita sino que, sencillamente, no está abierta al público. Me lo hacen saber por gestos dos guardias que vigilan su puerta principal. No obstante insisto en adentrarme para hacer unas fotos y al final les convenzo para que me dejen atravesar la ciudadela por su calle principal, que divide el complejo en dos partes iguales y une las puertas sur y norte, ambas custodiadas por peshmergas. Me dicen que no me salga de la calle y que vaya en línea recta, de manera que pueda ser controlado por los guardias de ambas puertas. Les hago caso al principio, pero conforme camino, despacio, entreteniéndome en cada muro, en cada farola, lanzo miradas de soslayo a ambas puertas y veo que la vigilancia se ha relajado, por lo que aprovecho una fracción de segundo para hacer una incursión en las calles viejas de la ciudadela, adentrándome en el abandonado y desierto laberinto que forman sus pasadizos.

Erbil es una ciudad antiquísima, cuyo enclave ha estado habitado probablemente durante más de 8.000 años, y su ciudadela es una joya antropológica que, por circunstancias de la guerra, se ha convertido en un espacio restringido. Esto no me sorprende, pues desde allí arriba se tiene una panorámica visión de toda la ciudad y constituye un lugar ideal para perpetrar cualquier acto de guerra contra edificios oficiales o públicos, los cuales, precisamente, están a tiro de piedra de la ciudadela. De igual forma, supone el bastión ideal en caso de que haya que desplegar una fuerza defensiva o de vigilancia para protegerse de un ataque por tierra. Las autoridades de la ciudad están muy sensibilizadas con el tema de la seguridad. No en vano, escasos días antes de que yo llegara, un camión conducido por un terrorista suicida, y cargado con varios kilos de pólvora, hizo explosionar el vehículo en el propio bazar a una hora punta, lo cual dejó al menos 14 víctimas mortales.

Paseando por las enredadas y polvorientas callejuelas de barro, me sumerjo en un mundo de otra época, enteramente a mi disposición y a la de algunos gatos que me observan con curiosidad. Las casas están derruidas, con los ladrillos de barro resquebrajados y esparcidos algunos por el suelo. Son casas muy bajas y llenas de habitáculos en los que la gente estuvo viviendo hasta hace solo unos años. Tomo algunas fotos y exploro el lugar a fondo, regocijándome en mi privilegiada situación ante un verdadero tesoro arqueológico. Pero de pronto, de una de las esquinas aparece un militar kurdo empuñando una metralleta y maldiciendo mi acto de rebeldía. Debe de ser uno de los que me esperaba en la puerta opuesta a la que he usado para entrar, y por sus signos de cansancio debe de llevar un buen rato buscándome. Le hago saber que no entiendo la situación y que solo estoy haciendo algunas fotos, pero me obliga a acompañarle hasta la puerta norte, donde informa a un superior de mi travesura (eso creo entender). Este se interesa por mi nacionalidad y se esfuerza por explicarme que la ciudadela está cerrada al público. Yo me hago el tonto y con un gesto amigable le doy mi cámara fotográfica y le pido que me haga una foto allí mismo. La confraternización parece hacerle olvidar mi díscola actitud y se esfuerza al máximo por sacarme una buena foto, pidiéndome incluso que cambie de posición para salir mejor retratado. Así, después de posar para el militar kurdo, con tejados plagados de parabólicas como fondo, aprovecho un momento de torpeza de los guardias al no saber muy bien qué hacer conmigo y me esfumo todo lo rápido que puedo, antes de que cambien de idea y me sometan a otro tedioso interrogatorio.

Por la noche llego al hotel cansado, pero me encuentro a Ismail, uno de los empleados, un simpático y bonachón muchacho de unos veinte anos. Por supuesto es kurdo, como el 95% de los habitantes de Erbil. Le propongo jugar al Tauli, que es como llaman por aquí al backgammon. Como ya he escrito en otros artículos, éste es el juego de mesa favorito de los kurdos. Cual es mi sorpresa al ganar la primera partida sobre Ismail. Sin embargo, él gana las dos siguientes. En un intento por recuperar mi honra, me centro en la cuarta partida y, gracias a unos dados afortunados, consigo ganarle. Me propone seguir, pero sabedor de que a la larga perdería, prefiero irme a dormir, alegando cansancio extremo, con el buen sabor de boca de la victoria y, sobre todo, con la satisfacción de haber pasado un buen rato con un amigable kurdo.

Al día siguiente de nuevo me despierto con el bullicio, pero en esta ocasión debo desperezarme cuanto antes ya que mi objetivo hoy es llegar a Suleymaniyah, unos 200 km al sureste. Para ello tendré que encontrar un taxi compartido que vaya allí. Afortunadamente, me encuentro con bastantes taxis que van a esa ciudad, por lo que a los pocos minutos estoy en camino, compartiendo vehículo con un matrimonio y su niña y con otro señor. El paisaje es dramático. Atravesamos amplios valles verdes y fértiles, flanqueados por afilados rangos montañosos de color pardo y -aunque desprovistos de árboles- sumamente bellos. Al principio, desde la distancia, estos rangos parecen infranqueables, como grandiosos muros levantados estratégicamente para que nada se escape del valle. Pero conforme nos aproximamos a ellos, las sólidas capas rocosas de sus montañas se desdoblan y nos descubren empinados pasos por los que el taxi trepa como una pulga por el costado de un gigante.

La disposición de los rangos montañosos es noroeste-sureste, lo mismo que la línea imaginaria que une Erbil y Suleymaniyah, por lo que no nos lleva mucho tiempo arribar a nuestro destino. A medio día ya estoy en la ciudad, alojado en el hotel Hiwa, donde las condiciones son bastante peores que en Erbil. Pero no me quejo, pues estimo que pasaré allí dos noches y el precio no es caro, 15.000 dinares iraquíes (unos 9 euros). Mi primer día en Suleymaniyah lo empleo en pasear por sus animadas calles y en descansar en un pequeño y sombreado parque. La gente me mira extrañada y algunos, guiados por su curiosidad ante un extranjero solitario, preguntan por mi nacionalidad y por la cadena de televisión para la que trabajo. Percibo cierto brillo de aprecio en sus rostros al confesarle que soy español, como si mi nacionalidad fuera un atributo que me aportase valor como visitante, pero al decirles que no soy periodista sino turista, fruncen el ceño y sonríen. Acabo por hablar con algunos hombres, pues las mujeres no se dirigirían a mí. Además, es muy difícil encontrar una tienda o local en el que trabajen mujeres, las cuales están confinadas en sus casas o, en algunos casos, desempeñan trabajos en bancos o grandes hoteles. Es sin duda una sociedad machista y conservadora, pero enormemente respetuosa y hospitalaria con el extranjero.

A última hora de la tarde paseo por el bazar y, en uno de los muchos puestos, disfruto de los típicos dulces de pistacho llamados baclava, siendo la especialidad en Suleymaniyah mezclarlos con una especie de crema o natillas cuyo origen debe de ser leche y huevo, o al menos eso quiero pensar. En cualquier caso está delicioso. Las condiciones de higiene es mejor obviarlas para poder disfrutar del capricho. En un momento dado, se escuchan unos disparos en la lejanía. Al principio la gente se sobresalta y el barullo se relaja, pero en cuestión de segundos todo vuelve a ser igual. Conforme el reloj se acerca a las ocho de la tarde, la actividad comercial parece acelerarse, con los comercios repletos de gente y los mercaderes trabajando a destajo. Pero en cuanto el reloj marca las ocho, las aceras se vacían con rapidez y los tenderos se afanan por dejar el puesto limpio y preparado para la mañana siguiente. En pocos minutos, me hayo caminando por calles semidesérticas. Encontrar un puesto en el que comerme un kebab se hace casi imposible, así que me encamino al hotel hambriento y sabedor de que tendré que esperar al día siguiente para llenar el buche, pues en el hotel no venden alimento. Afortunadamente, una luz humeante destaca en la toda la oscuridad de las calles, relativamente cerca de mi hotel. Se trata de un espabilado que vende comida rápida aprovechando la escasez de lugares donde comer. A pesar de que es de noche y no debería estar fuera de mi hotel, me dirijo al garito, guiado por mi estómago. El dueño, un hombre joven y pequeño cuya graciosa voz se asemeja a la bocina de una bicicleta, se sorprende al verme, pero se esfuerza por atenderme lo mejor posible. Pone música kurda en el radiocasete, reconocible por el bello sonido del saz, una especie de guitarra de tres cuerdas. Finalmente, con el gesto de ponerse la mano en el pecho, se empeña en invitarme, algo que me ha de suceder en más ocasiones en mi periplo por el Kurdistán iraquí.

De vuelta al hotel prefiero quedarme un rato a leer en la acogedora recepción pero, de igual forma a como un potente imán atrae a todos los objetos metálicos del área en el que es depositado, empiezan a aparecer personas de las habitaciones contiguas a la recepción que quieren saber cosas sobre mí. Están sorprendidos de tener a un occidental entre ellos y tienen curiosidad, tanta como amabilidad a la hora de dirigirse a mí. Algunos hablan un inglés pasable. Me hablan de su país, de sus ciudades y sus trabajos. Me indican que si quiero puedo visitar Halabja, la ciudad -ahora aldea- que sufrió uno de los ataques más nauseabundos que un ejército haya lanzado nunca contra población civil. Se trata de la famosa operación de limpieza étnica que puso en marcha Sadam Hussein a finales de los 80 y en la que utilizó gas mostaza para liquidar súbitamente la vida de miles de pacíficos civiles. Entre los presentes en la recepción del hotel hay un árabe irakí, Mohamed, que se presenta como ingeniero. Es de Bagdad y dice que en el Kurdistán se necesitan todo tipo de personas cualificadas, así que ha decidido trasladarse aquí. Aprovecho para preguntarle sobre la situación en Bagdad. ¿Es tan mala como parece?, ¿Qué pasaría si decidiera ir como viajero independiente? Me responde que la situación es tan mala como uno pueda llegar a imaginarse. Y añade que, si yo decidiera ir, seguramente no llegaría nunca. Algo me pasaría en el camino. Algo que me haría famoso. Tristemente famoso.

Al día siguiente decido visitar Halabja, a unos 60 kilómetros de Suleymaniyah, muy cerca de la frontera con Irán. El pensar lo ocurrido aquí hace casi dos décadas me ha llenado de tristes pensamientos. De lo cruel que es el mundo y de lo que tienen que sufrir los inocentes y pacíficos para que los poderosos y ambiciosos puedan conseguir sus objetivos. Paradójicamente, lo ocurrido en esta ciudad, el famoso acto de "gasear a los kurdos", como la prensa internacional lo llama, ha sido el único reducto de argumento que las actuales potencias invasoras de Irak, principalmente los EEUU y Gran Bretaña, han acabado por esgrimir para justificar su intervención en Irak y la posterior ejecución de Sadam Hussein en la horca, una vez demostrado que no existían armas de destrucción masiva y de que el régimen de Sadam no tenía lazos con Al-Qaeda. Sin embargo, muy poco se dice sobre el hecho de que este acto vil tuvo lugar en el contexto de la guerra entre Irak e Irán, que fue comenzada por Irak, y en la cual este país contó con el suministro armamentístico de países occidentales, sobre todo EEUU. Me pregunto qué origen tenía el avión desde el que se lanzó el gas. O incluso el propio gas. Cuál era su procedencia. Como yo no me dedico a esto, solo soy un viajero, termino por lamentar la enorme injusticia de la guerra.

Me han dicho en Suleymaniyah que en algún lugar de Halabja hay una exposición con fotos del genocidio, pero no la he podido encontrar. No es necesario. He visto esas fotografías en muchas ocasiones. Gente tirada en el suelo, tendida en las escaleras, apoyados contra vehículos. La muerte les llegó tan súbitamente que sus cuerpos se entregaron a la ley de la gravedad en décimas de segundo. Algunas madres están sentadas con sus bebés en brazos. A primera vista parece que pudieran estar durmiendo, pero una mirada más detenida deja ver sus rostros, completamente desfigurados con la horrible mueca de la muerte caracterizada por la inútil búsqueda de oxígeno.

Lo que queda de Halabja no es un lugar precisamente agradable. Hay tanto polvo como en la creación del cosmos; como si sus habitantes quisieran acostumbrar sus pulmones a aires nocivos en preparación para un posible ataque como el que sufrieron. Finalmente decido volver a Suleymaniyah, donde pasaré mi última noche antes de poner rumbo de nuevo al norte.

Al día siguiente debo encontrar un taxi para ir a Duhok, pero la cosa se complica. Si quiero un taxi que no vaya por Kirkuk debo costeármelo yo solo (me piden 100 dólares). Los esbirros del puesto de taxis solo parecen interesados en que ocupe yo todo el taxi, y nadie más. No me gusta la situación y opongo resistencia. Prefiero quedarme en tierra, esperando a que algún cabo se afloje. Después de unos diez minutos, un taxista que ha estado allí todo el tiempo me ofrece llevarme de nuevo al centro de la ciudad, donde puedo reservar espacio en uno de los coches privados que van hacia el norte. El conoce una agencia que presta este servicio. Efectivamente, existe tal agencia, invisible para alguien como yo, que no conoce ni el idioma ni el lugar. Me dicen que no pueden asegurarme que salga un coche para Duhok ese día. En todo caso, puede que a las cinco de la tarde. Si no es así, tendré que pernoctar de nuevo en Suleymaniyah y esperar a la mañana siguiente. Decido aceptar la propuesta, así que aprovecho el día -hasta las cinco de la tarde- para visitar un poco más la ciudad.

Pregunto por el museo de Suleymaniyah, que según lo que me dijeron los ocupados celadores del museo de Erbil, es idéntico al de aquella ciudad, con lo que podría matar dos pájaros de un tiro. Al llegar allí, me topo con otro manta que me dice que hoy no pueden mostrar el museo porque tienen una reunión y nadie puede hacerse cargo de mi visita, como si ver el museo aquí fuera como ir al médico. Entiendo que lo que es igual en ambos museos no es su contenido, sino sus administradores. Le pregunto al desaborido dónde puedo ir y me habla del Amna Suraka, el "museo" de la liberación de Suleymaniyah. Se encuentra cerca del sitio donde estoy, así que voy en su búsqueda, confiando en que mis últimas horas en Suleymaniyah serán provechosas. Al principio, siguiendo las indicaciones que me han dado, me adentro en un barrio residencial y desierto, así que empiezo a pensar que me he perdido, pero al doblar una esquina aparece ante mí una mole de color marrón, corroída a balazos en todos sus muros. Se trata de un edificio de cuatro plantas rodeado de un muro exterior con alambradas. No puede ser otro. Me dirijo a él y, efectivamente, hay una puerta de entrada. En ella hay dos jóvenes vestidos de peshmerga que se sobresaltan al verme cruzar el umbral, pero enseguida se me pegan y me inquieren, en kurdo, sobre mis intenciones, como si visitar el museo fuera algo irregular. Les enseño mi libreta en la que tengo anotado el nombre de "Amna Suraka", con caracteres latinos, los cuales no saben leer. Se lo pronuncio detenidamente: A-M-N-A S-U-R-A-K-A mientras indico con mi dedo índice apuntando a mi ojo que quiero verlo (lenguaje universal), y entonces parecen comprenderme. Además, parecen alegrarse repentinamente y me conducen a una sala interior del edificio donde se exhiben fotografías y documentos del levantamiento kurdo en Irak (1961-1991).

Por fortuna, un hombre que habla buen inglés, quien se presenta como Ako Wabi, se ofrece a hablarme del protagonista de las fotografías. Se trata de Qder Khabat, un líder guerrillero fundador de la milicia Peshmerga en el 61. Me habla de su relación con el actual presidente de Irak, Jalal Talabani (quien también es kurdo), y de su liderazgo durante la batalla que tuvo lugar el 7 de marzo de 1991, en la que los militares del ejército de Sadam que custodiaban la ciudad fueron derrotados por la milicia y el pueblo kurdo, precisamente en este edificio, el cual ha quedado levantado y convertido en museo para rememorar esa importante batalla. Este fue el primer triunfo de los kurdos tras la horrenda campaña de limpieza étnica que el ejército irakí venía llevando a cabo. Además, fue la piedra angular de la construcción de la nación kurda con estado propio, algo que podría ocurrir en un futuro próximo. Ako Wabi, empresario que colabora con la exposición, se emociona al recordar los hechos. Desde la terraza del edificio, a la que hemos ascendido para tener una mejor perspectiva de la batalla, me narra efusivamente cómo toda la gente de Suleymaniyah se unió bajo el mando de Qder Khabat para reducir a los amotinados irakíes, la mayoría de los cuales murieron defendiendo el fuerte. Sólo sobrevivieron los que se rindieron. Desde la terraza es desde donde mejor se aprecia la brutalidad de semejante combate. La presión de los kurdos fue tan grande, que los comandantes irakíes decidieron replegarse al interior del cuartel por completo, incluso con los carros de combate, confiando en que recibirían ayuda del resto del ejército. Pero esta no llegó a tiempo y, con los tanques replegados, poco pudieron hacer para mantenerse en pie ante semejante adversario. Hoy los oxidados tanques siguen en el patio del edificio, inmóviles como esqueletos de elefantes, y exponentes, como ningún otro objeto, de la impotencia de Sadam Hussein para someter al pueblo kurdo.

Antes de irme, Ako me invita a que firme el libro de visitas. Allí deposito unos sinceros comentarios hacia el carácter del pueblo kurdo y su derecho a vivir en paz, después de tanto sufrimiento. Ako traduce estas palabras a los dos peshmergas que no se han separado de mí durante toda la visita. Se miran y le dicen algo a Ako. Entonces éste me dice que los dos jóvenes son Seamand y Dara, el hijo y el sobrino de Qder Khabat. Quieren invitarme a comer en su casa.

A pesar de que mi tiempo es limitado, no puedo rechazar un ofrecimiento tan emotivo y anecdótico, así que acepto encantado. A los dos minutos nos montamos en un pick-up en el que suben otros dos hombres, también familiares de Qder Khabat y armados hasta los dientes. Ninguno habla inglés, pero nos comunicamos por señas fácilmente. Son encantadores, a pesar de todo su armamento. La casa se encuentra bastante a las afueras, y sin duda es la casa de alguien importante, pues es grande, con balcones, un pequeño jardín y en su interior está bien amueblada, algo raro en el resto de hogares. Soy conducido al salón, una apacible y amplia estancia forrada con delicadas alfombras kurdas. Apenas hay muebles, pero los que hay parecen de gran calidad y buen estilo, mas bien clásicos. Casi todo el perímetro de la sala está provisto de sillones a juego con los muebles, y en uno de ellos se sienta, solitario y meditabundo, un anciano elegantemente vestido de gris con el traje tradicional kurdo, caracterizado por pantalones bombachos y chaqueta con el pecho descubierto.

El anciano es el mismo hombre que minutos antes he conocido a través de las fotografías del Amna Suraka, el héroe de Suleymaniyah: Qder Khabat. Su pelo y sus bigote se han teñido de blanco y sus ojos muestran cansancio y paz. Se levanta para saludarme, estrechando mi mano firmemente y después, con un gesto que empieza a ser familiar para mí, se lleva la mano al pecho en señal de hospitalidad. Le devuelvo el gesto torpemente y hago caso a su invitación de sentarme en el sillón, frente a él. Nuestra comunicación está muy limitada, pues no habla nada de inglés, sin embargo, gracias a un sobrino que está en la casa y que chapurrea el idioma de Shakespeare, podemos hacer un ensayo de conversación. Yo le transmito mi agradecimiento por la invitación y destaco su labor como defensor del pueblo kurdo, lo cual me agradece con los ojos. Habla mucho, y al parecer me dice muchas cosas, pero el interlocutor sólo me puede transmitir escuetos mensajes. Aprecia mucho a España, país que de hecho visitó hace pocos años. Me pregunto si con motivo de encuentros diplomáticos o de vacaciones, pero el traductor no me sabe precisar. Entiendo que lo que más destaca de España es su democracia, algo históricamente anhelado por las gentes pacíficas de Oriente Medio. Finalmente, me indica que la comida está lista. En el suelo de una sencilla sala contigua se ha dispuesto un apetitoso manjar al más puro estilo kurdo. Mi día ha sido pleno.

La propia familia de Qder Khabat se ha ocupado de que esa tarde haya un coche que vaya a Duhok, y ellos mismos me llevan a la oficina de coche privados, desde donde a las cinco de la tarde parto hacia esa ciudad. Es un viaje largo, por estrechas carreteras del interior del Kurdistán, considerablemente más seguro. Eso es lo que me explica Haller, un simpático mercader que viaja en el mismo coche y con quien hago buenas tablas durante el sinuoso y espectacular recorrido. Llegamos a Duhok bien entrada la noche, y el propio Haller se encarga de que el coche me deje en la puerta del hotel Perleman, un buen sitio por solo 10 dólares al día.

En Duhok se encuentra el Centro Lalish, una institución que sirve de encuentro para los yezidis del Kurdistán. Y a poca distancia de la ciudad se haya el Templo de Lalish, el lugar sagrado de los yezidis. Los yezidis son seguidores de un culto ancestral que probablemente, en su forma primigenia, es anterior al Islam. Sin embargo, hoy en día está influido por la religión de Mahoma, e incluso por la de Cristo, en cuanto a ritos y costumbres. Es una religión minoritaria y el Kurdistán irakí es la zona donde más extendida está. En la antigüedad, los yezidis eran considerados por cristianos y musulmanes como "adoradores del diablo", una reputación que les viene por su adoración a los ángeles, en particular a Malek Taus, también llamado Saytan, a quien se relaciona incorrectamente con el ángel caído; con Satán.

Pero lo que más llama mi atención de los yezidis es el hecho de que su religión es endémica de la etnia kurda. Ellos promulgan que no se puede salir ni entrar de la comunidad Yezidi. Son endógamos en grado sumo, y esto explica la rabia con la que unos fanáticos actuaron hace poco más de un mes y medio en la población de Bashika, muy cerca de Duhok. Se vio en todas las televisiones del mundo. Una joven muchacha de 17 años fue salvajemente asesinada mediante lapidación popular, perpetrada en última instancia por miembros de su propia familia. Estos, hinchados de ira ante la decisión de la chica de casarse con un musulmán sunita de Mosul, la llevaron por la fuerza a una plaza pública en la que una multitud asalvajada y enloquecida acabó con su vida. Es difícil encontrar en la actualidad actos populares en los que la gente se abstraiga de su humanidad de semejante manera y dé rienda suelta a sus mas bajos instintos, tintados de alevosía extrema hasta el punto de que los que no usaron la absurda violencia de las piedras, disfrutaron grabando -y difundiendo- el crimen con sus teléfonos móviles.

Al llegar al Centro Lalish soy atendido por Fadhil, un hombre de apariencia culta y, según me dice, educado en Estados Unidos. Tiene un semblante serio, lacónico y deprimido, pero curiosamente irradia una energía acogedora y en verdad se alegra de poder hablar con un extranjero, aunque no lo demuestre a primera vista. Es como si tuviera temor a hablar, sabiendo que tiene que hacerlo para no ser descortés. De hecho, cuando estamos sentados en la sala de reuniones del Centro, él mismo, ligeramente excitado, comienza a repasar los temas de actualidad que tan mala imagen están dando de los Yezidis. Empieza, cómo no, con la lapidación de la niña Dua, que así es como se llamaba, y lamenta lo ocurrido. Pero lo último que me dice en relación con este hecho es que "para nosotros está prohibido abandonar nuestra religión", lo cual no me ayuda a comprender si él piensa que esta muerte se podría haber evitado. Dedica muy poco tiempo a este caso tan grave y enseguida menciona otro hecho de violencia, del cual yo no tenía constancia. Al parecer dos policías yezidis contrataron los servicios de una prostituta musulmana a la que acabaron asesinando, y no solo eso, sino que además, estos policías fueron liberados del calabozo por el alcalde del pueblo, también yezidi, y por lo visto, hermano de uno de los policías. Por otro lado, siguiendo a estos acontecimientos, más de veinte yezidis que viajaban en autobús en Mosul fueron asesinados por musulmanes de esa ciudad en otro episodio de odio encarnizado entre ambas etnias.

Por un momento me encuentro en medio de una situación curiosa e inédita, con un hombre apesadumbrado por sus creencias y perteneciente a una comunidad enteramente aliena a mí, sobre la que estoy siendo bombardeado con información. Sin embargo, no puedo negar que este viaje ha sido ideado con el fin de mezclarme con todo tipo de gentes y lugares. Noto que empiezo a saber lo que eso significa.

El propio Fadhil, al conocer mi deseo de visitar el Templo de Lalish, se empeña en conseguirme un taxista de su confianza, alguien que me ofrezca seguridad, un yezidi. Con este, de nombre Hussein, me desplazo unos 30 kilómetros hasta llegar al Templo, que según la creencia yezidi, es el primer lugar que existió en la tierra, y por supuesto, el principal centro de peregrinación de esta étnia.

Nada más llegar allí soy observado con curiosidad por todos los presentes. El templo no es sino un conjunto de pequeñas casitas en torno a un edificio más notable, con dos cúpulas de forma perfectamente cónica. Las casitas son habitadas durante el día por los visitantes, que se acercan aquí en familia para confraternizar y para realizar los diferentes ritos que se atribuyen a este complejo culto. El enclave es lo más atractivo, pues todo el complejo está distribuido sobre un cerrado valle entre empinadas y arboladas montañas. Es un lugar ideal para pasar el día, justo lo que hacen los yezidis que vienen hasta aquí.

Como si estuviera esperando mi visita, viene hasta mí Hazim, un hombre respetado en la comunidad y con quien puedo hablar medianamente en inglés. Lo primero que me enseña es la sala de bautizos, donde precisamente se acaba de bautizar a su hija, una niña tetrapléjica sobre quien soy invitado a verter agua, como si se tratara de regar una planta, pero rehúso el ofrecimiento cambiando de tema. Le pido a Hazim que me muestre el templo por dentro. Se trata de un edificio antiguo, pero en ninguna medida me parece tan viejo como para ser considerado el primer lugar sobre la tierra. Sin embargo, al entrar, con sus paredes y suelos impregnados de una capa aceitosa y ennegrecida, la sensación es la de descender a la cocina del Hades, a un submundo de misterio eterno. El aceite, que es de oliva, lo utilizan para fabricar unas velas que iluminan el templo y que, al igual que es costumbre entre los cristianos, son encendidas para hacer plegarias. En el centro del templo está su objeto más adorado, la tumba de Sheihk Adi, el que viene a ser el profeta de los yezidis. Sobre ella, los fieles tienen la costumbre de arrojar paños de seda de múltiples colores (excepto el azul, que es un color prohibido), también para hacer plegarias, y además deben de dar tres vueltas completas al mausoleo.

Después de ver el templo, siento que salgo con algunas dudas sobre el porqué de ciertos ritos yezidis. Cómo no, soy invitado a compartir el almuerzo con los hombres de la congregación en el patio exterior de una casita del templo. Estos se afanan por ofrecerme sus mejores platos mientras las mujeres esperan, en una oscura habitación interior, a que terminemos, para poder comerse los despojos del banquete. Después, disfrutamos de té y conversamos, en este caso sobre mí y sobre el motivo de mi visita a Irak. Finalmente, me despido de ellos. Antes de abandonar el complejo soy saludado por todos los hombres con los que me voy cruzando, incluso haciéndome fotos con ellos, como si fuera una personalidad importante la que les visita.

Esa noche, en mi habitación, paso un mal rato aquejado de un incómodo dolor de estómago que asocio con la comida y el agua que he tomado en el Templo. Me cuesta deshacerme del nauseabundo sabor de la carne poco cocida de la cabeza de cordero que había en medio de una bandeja, posada sobre un manto de arroz seco que me ha obligado a beber mucha agua de dudosa procedencia. Solo quiero poder dormir tranquilo, pero muchas dudas y temores vienen a mi mente cuando pienso en mi regreso a Turquía, el próximo día.

¿Qué habrá sido de todos esos tanques que vi antes de salir de Turquía? ¿Habrán crecido en número? ¿Se podrá, de hecho, atravesar la frontera en sentido inverso? Esto último es lo que le pregunto a un taxista al que paro en una calle principal de Duhok, a la mañana siguiente. Me dice que sí, que a él no le consta que la frontera esté cerrada, así que negocio el precio para que me lleve hasta allí y me monto en el coche. Por suerte, Saalem, el taxista, habla un inglés decente y sabe cómo expresarse. Es la segunda vez que lleva a alguien a la frontera, así que me avisa de que no se acuerda muy bien del camino, pero no hay problema, preguntará a los peshmerga si es necesario. Al principio se muestra algo reticente a hablar conmigo, pero poco a poco, se va liberando de su mutismo y acaba convirtiéndose en un entrañable compañero de viaje. Confiesa que es un refugiado kurdo de Mosul, de donde ha tenido que huir ante la creciente e insoportable atmósfera de violencia que se está creando en torno a los kurdos de esa ciudad. A diferencia de Bagdad, donde la lucha parece más oficial y más centrada en guerrear contra las potencias invasoras o contra el nuevo gobierno irakí, en Mosul hay una guerra más intestina, centrada en el odio entre los árabes y los kurdos. Saalem me dice que del más de millón de kurdos que vivía en Mosul, quedan menos de la mitad. El resto ha sido asesinado u obligado a huir, como es su caso. También demuestra un buen conocimiento sobre la historia de España. Por primera vez me hace una pregunta que he de recibir en más ocasiones durante mi viaje por Oriente Medio. Me pregunta qué fue de los musulmanes que fueron obligados a convertirse al cristianismo por Isabel la Católica, como si no diera crédito a que estas personas hayan podido disolverse en la Historia de nuestro país sin haber mantenido su fe en secreto.

Al contarle a Saalem que he estado en contacto con los yezidis, su gesto se endurece. Parece casi molesto, pero enseguida se da cuenta de que no tengo nada que ver con ellos. Me dice que pare él son gente primitiva, capaz de hacer cosas antinaturales. Por supuesto se refiere a la lapidación de la niña, la cual le causó tanto espanto como a todos los que la vieron por televisión en cualquier parte del mundo. Curiosamente, su indignación le llevó a recabar cierta información sobre el suceso, la cual me transmite. Al parecer, Dua se fue de su casa, en Bashika, para vivir con un musulmán de Mosul con el que estuvo seis meses, aunque no llegaron a casarse. Sin embargo, se comunicaba ocasionalmente con su familia, los cuales, en un momento dado, le rogaron que volviera a Bashika, pues la echaban mucho de menos. Esta accedió a la petición de su sangre y esa fue su perdición. Al volver a Bashika, su tío y su primo la retuvieron y promocionaron su ejecución pública, la cual terminó en una de las situaciones televisadas más desagradables que se hayan visto nunca. No obstante, la brutal lapidación de mujeres no es algo que concierne a los yezidis únicamente, pues en otros países musulmanes, incluida la parte árabe de Irak, estas se siguen produciendo, solo que de manera más discreta. Saalem no me lo niega, pero tampoco lo acepta; para él se trata de asesinatos, no de ajusticiamientos.

A medio día llegamos a la frontera, que en su parte iraquí se llama Ibrahim Khalil, y me despido calurosamente de Saalem. Tardo más tiempo en salir de Irak para entrar en Turquía de lo que tardé en el sentido opuesto, debido a que hay mucha más gente que desea salir de Irak de la que quiere entrar, entre ellos un joven de Bagdad que viene en mi taxi transfronterizo y que ansía por todos los medios ir a Estambul.

Irak se desangra. Es, sin duda, uno de los peores lugares de la tierra para vivir. Mesopotamia ya no es un buen lugar para el Hombre.

Anatolia, la Historia del hombre

Anatolia, la Historia del hombre

2 de junio de 2007, Sirnak, Turquía

A la mañana siguiente de mi regreso a Estambul fui a ver a mis "amigos" del consulado uzbeko, con la esperanza de que habrían hecho sus deberes y tendrían preparado el ansiado visado para entrar en su país. Al llegar, me encontré con la desagradable sorpresa de que no tenían listo el dichoso documento, alegando que no habían recibido la invitación desde el Ministerio del Interior de Uzbekistan, pero sin hacer ningún esfuerzo por disimular que realmente no habían movido un dedo. Con cara de póker, inquirí al señor Johangir (pues así se hacía llamar el fulano que me atendió) por qué motivo no tenían la invitación después de tanto tiempo, pero la explicación consistió en un abrupto conglomerado de vocablos cuyo significado no alcancé a comprender y que me hicieron cambiar de estrategia; no más preguntas.

Le dije directamente que necesitaba el visado ese día ya que esa misma noche partía en autobús hacia Cappadocia, así que tenían que hacer algo. Y me quedé impertérrito, ocupando todo el mostrador y mirando a los ojos de aquel descendiente de alguna horda mongola, esperando una reacción. Alguna tecla debí tocar, pues hubo una respuesta esperanzadora. "Pase por aquí a las cinco de la tarde", me dijo mientras tomaba unas notas con su bolígrafo, bajando su mirada y despachándome con un ejemplar alarde de indiferencia.

En el fondo sabía que a las cinco de la tarde tendría el visado, pues el Sr. Johangir no tenía más que reclamar la dichosa invitación a la capital, Tashkent, y a los pocos minutos esta llegaría por fax (después de todo, los 80 dólares que cuesta el puñetero visado exigen un mínimo de eficacia), pero aún quedaba la duda. Permanecí esperando medio día en los alrededores del consulado, situado en el agradable barrio de Istinye, a orillas del Bósforo. Desde la parte europea de Estambul, y de Turquía, aguardé pacientemente contemplando ante mí, a escasos kilómetros, nada menos que el tentáculo más occidental del continente asiático: Anatolia.

Anatolia es la parte asiática de Turquía, y además es uno de los lugares de la tierra con una historia más larga y fructífera. Pueblos, civilizaciones e imperios de todas las épocas han pasado por aquí dejando un patrimonio arqueológico y cultural sin igual en ninguna otra parte del mundo. Este lugar es un gran pastel de historia en el que las distintas edades del hombre se superponen como deliciosas capas de rico pasado.

Al fin llegaron las cinco y pude recibir de manos del funcionario Johangir mi pasaporte con la "licencia" para entrar en Uzbekistan, pero con todo el papeleo y las esperas en el mostrador, se hizo muy tarde como para que pudiera tomar el autobús con destino a Cappadocia esa misma noche, así que no tuve más remedio que pernoctar una vez más en el Hostel Simbad. Esto me dio la oportunidad de hablar amistosamente con el recepcionista del albergue, Ertan, quien me confesó su origen búlgaro. Ertan es uno de los muchos turcos nacidos en países europeos del este, dentro de comunidades turcas que quedaron huérfanas del gran imperio Otomano cuando este quedó reducido a la actual Turquía, en el primer cuarto del siglo XX. Ahora, casualidades del destino, su pasaporte búlgaro le otorga el privilegio de considerarse ciudadano europeo y por tanto emigrar a cualquier país de la Unión Europea. Ertan tiene previsto emigrar a Alemania donde, al igual que otros muchos turcos, tiene familiares.

Al día siguiente, por fin pude tomar el autobús nocturno con destino a Cappadocia, concretamente al pequeño pueblo llamado Goreme. Allí disfruté de tres días de sosiego y diversión. En el albergue donde me hospedé, el Travellers Cave Hotel -literalmente excavado en una de las montañas de Goreme- conocí a varios viajeros, entre ellos Can, un londinense de origen turco-chipriota que se dedica a invertir en bolsa y a esperar que sus dividendos le permitan continuar un día más viajando por el mundo, Mihal, una chica Israelí que había decidido aventurarse en solitario a descubrir toda Turquía y Manuel, un portugués errante de gira por Oriente Próximo. Con estos dos últimos estuve viajando varios días por el este de Turquía.

La principal atracción de Cappadocia son sus maravillosas formaciones rocosas de origen volcánico, simulando millares de chimeneas (así es como ellos las llaman) en las que cualquiera puede perforar su interior y construirse una acogedora morada. Esto es lo que han estado haciendo los habitantes de esta región durante milenios y, a día de hoy, las "chimeneas" habitables siguen siendo transferidas en herencia de generación en generación, tal y como nos contó Ali, el amigable propietario del café Safak, el cual solíamos frecuentar.

Este lugar también es destacable por su valor histórico, pues en esta zona es donde emergieron y prosperaron los Hattis, una gente de la Edad del Bronce que vivió aquí hace más de 4000 años. Construyeron ciudades subterráneas de hasta 8 niveles bajo tierra, como la ciudad de Derinkuyu, la cual tuve la oportunidad de visitar. No recomendaría a nadie que sufra de claustrofobia el adentrarse en las entrañas de la tierra por túneles por los que a duras penas pude escurrirme para pasar de un nivel a otro. Más tarde, estas mismas ciudades subterráneas fueron ocupadas por primitivas comunidades cristianas, que añadieron iglesias excavadas a más de 30 metros de profundidad.

En Goreme también dedicamos largas jornadas a pasear y a montar a caballo por los valles adyacentes, asombrándonos con las imposibles formas y colores que adoptaba el terreno conforme lo atravesábamos. De vuelta en el pueblo, solíamos ir a los cafés, pasando la tarde dialogando con turistas y gente local. Entre otras cosas, en Goreme pude aprender a jugar a la "Tavla" (Backgamon) -que parece ser el juego de mesa más popular en Turquía- instruido por el maestro local, Mehmet.

Al final, la tranquilidad de Goreme, con sus interminables sesiones de "tavla" comenzó a convertirse en una cotidianidad que llegó a hacerse incómoda, por lo que, en compañía de Mihal y Manuel, puse rumbo de nuevo al este. La sagrada ciudad de Urfa (Sanliurfa para los turcos y Edessa para los antiguos romanos y cristianos) sería nuestro siguiente destino.

De nuevo tomamos un autobús nocturno, y al llegar allí por la mañana, supimos de inmediato que estábamos visitando una Turquía diferente, muy alejada de los circuitos turísticos pero, sin embargo, cargada de historia y humanidad. Lo primero que notamos fue un bochornoso calor, provocado por los cálidos vientos provenientes de las planicies de Mesopotamia. Por otra parte, el paisaje humano era completamente diferente a lo que se puede ver en Estambul o en el oeste de Turquía en general. Aquí hay una colorida mescolanza de gentes de oriente medio, sobre todo kurdos y árabes, mezclados con turcos y, en menor medida, armenios. Este pastiche humano se hace notar en cualquier ámbito; en el comercio, en la vestimenta -con los kurdos luciendo turbantes violetas- y sobre todo, en el ritmo de vida, mucho mas relajado.

Si hay una cosa, por encima de todo, que hace famosa a Urfa, es que éste es el lugar donde nació nada menos que el profeta Abraham, el padre de la fe judía, cristiana y musulmana al mismo tiempo. Además, Urfa fue la capital del primer reino cristiano de la Historia, Edessa, convertido por la devoción de su rey a los predicamentos de Jesucristo, con quien llegó a estar en contacto por correspondencia.

Lo primero que visitamos fue el monte donde Abraham fue objeto de un milagro sin precedentes. Cuando iba a ser quemado en una hoguera por mandato del rey Nimrod, Dios obró la providencia de convertir el fuego en agua y las ascuas en peces. Además, propulsó a Abraham por encima de las cabezas de los asombrados lugareños hasta la falda del monte, donde pudo estar a salvo. Hoy, para conmemorar tamaño acto divino, se alzan dos enormes columnas en lo alto del monte, y justo en el lugar donde -según la leyenda- fue a parar Abraham al ser lanzado a modo de hombre bala, hay un delicioso parque con un sereno estanque en el que aún se encuentran los peces en los que se convirtieron las ascuas de la hoguera. Es tradición para los musulmanes de los alrededores venir aquí a dar de comer a los peces, a los que se considera criaturas sagradas (si viniera aquí el Capitán Pescanova con sus redes, acabaría siendo lapidado), con lo que el tamaño de algunos de ellos se asemeja al de un atún de aguas frías. La verdad es que es un poco desagradable observarlos aquí, apelotonándose y arremolinándose unos por encima de los otros en torno a las virutas de alimento que les ofrecen los fieles. Parecen cocodrilos del Nilo disputándose los despojos de una incauta presa.

Más tarde fuimos a visitar el lugar exacto en el que el Profeta fue traído al mundo. Se trata de una pequeña y oscura cueva, mas pequeña incluso que el pesebre en el que debió nacer Jesucristo, pues en este al menos cabían, además de María y José, un burro y una vaca. Para visitarla, algo que hacen cientos de peregrinos a diario, hay que descalzarse e improvisar un respetuoso rictus de transcendencia en el rostro. Se debe acceder a la pequeña oquedad de frente y salir de espaldas y agachado, para no desnucarse con el umbral de la morada, y de paso, para forzar un gesto de sumisión a la santidad de Abraham. Dentro no hay espacio mas que para tres o cuatro almas, de manera que la visita ha de ser veloz.

El resto del día lo dedicamos a pasear por el enorme y laberíntico bazar y, cómo no, a jugar al tavla mientras bebíamos té. Por la tarde decidimos acudir a un "hamam", o baño turco, en el que fuimos atendidos estupendamente y donde pudimos aliviar nuestros cansados músculos. Sorprendentemente, Mihal, la chica israelí -que por supuesto no desvelaba su nacionalidad y, si era preguntada, decía que era francesa- recibió el masaje por un hombre y, además, en la misma sala destinada a los baños para hombres. Esto fue tan anecdótico que cuando lo contábamos después a los turcos o kurdos, estos no podían creérselo.

Por la noche buscamos con éxito un bar donde vendían cerveza que nos había sido comentado por nuestro amigo turco-chipriota Can, de quien nos habíamos separado en Goreme y que había estado en Urfa con anterioridad. Una vez allí descubrimos que el propietario era un amable kurdo, Hakki, con quien seguimos perfeccionando nuestra maestría en el juego del tavla, hasta tal punto que Manuel, el portugués, llegó a ganar una partida al señor Hakki.

Pero no hay descanso. Al día siguiente, temprano, fuimos a la estación de autobuses con el objetivo de tomar uno con destino a Mardin que, como no podía ser de otra forma, se encuentra más al este, a unos 200 Km. Esta pequeña ciudad también nos fue recomendada por nuestro amigo chino-andorrano... perdón, turco-chipriota Can. Y resultó ser una gran sorpresa, una auténtica joya de ciudad.

Por otro lado, esta sería probablemente la ciudad en la que me separaría de mis efímeros compañeros de viaje, pues mi camino había de tomar un repentino giro hacia el sur, mientras que ellos dos seguirían viajando unos días más hacia el este. Pero eso es otra historia.

Una vez en Mardin nos encontramos con el problema de que no había prácticamente hoteles, sólo un par de ellos, muy caros, y una cloaca que descartamos al ver su lamentable estado. Con las mochilas a la espalda, salimos a buscar aposento donde dormir, pero nos fue imposible así que decidimos preguntar en la policía, con la esperanza de que ellos conocieran algún lugar aceptable. Por "suerte" nos topamos con Suleyman, un policía que se presentó como "tourist police", sencillamente porque chapurreaba inglés y porque estaba decidido a rescatarnos de nuestro mendizaje. Sin embargo, lo único que comprobamos era que su estado mental distaba mucho de lo que se entiende por cordura. Nos enseñó su flamante navaja automática y bromeó con cortarnos a trocitos y cocinarnos a fuego lento si éramos malos. También sacó su pistola y nos apuntó mientras espetaba sonoras risillas infantiles, poniendo cara de niño travieso y adquiriendo un semblante rojizo y maligno, con unas gotas de sudor campeando por su frente. Mihal y yo -pues Manuel se había quedado en una tetería cuidando las mochilas- nos mirábamos estupefactos, pero siguiéndole el juego al trastornado con el que estábamos hablando pues, al fin y al cabo, era nuestra única ayuda. Sin embargo, después de varias llamadas, lo único que pudo encontrar Suleyman fue un hotel más bien caro y muy alejado del centro, por lo que no tuvimos más remedio que ir a la cloaca que habíamos descartado solo una hora antes, el Hotel Bashak, y rogarles que nos dejaran dormir allí. Afortunadamente, pusieron a un lado su herido orgullo y nos aceptaron como clientes.

Si en algo tuvimos suerte con nuestra visita a Mardin fue que coincidió con la celebración del festival de cine de la ciudad, el SineMardin Filmi Festival, una especie de experimento romántico puesto en marcha por las autoridades locales con el objetivo de promocionar la ciudad y sus alrededores. No en vano, Mardin ofrece una escenario de valor incalculable por sus edificios históricos, su posición elevada sobre la planicie mesopotámica de Siria y una gente realmente cálida y hospitalaria.

Mardin ocupa un posición en la montaña que la convierte en un privilegiado balcón en el que la mirada se pierde en un infinito trigal plano como el océano. A medio camino entre las confluencias del Tigris y el Eúfrates, la ciudad se alza exultante, adquiriendo una nobleza cargada de una intensa atmósfera épica. A unos pocos kilómetros, se pueden divisar pequeños pueblos kurdos de Siria, que por la noche se iluminan como barcos en el mar, inmóviles en una inmensidad de polvo y de historia. Desde Mardin se puede contemplar, como desde ningún otro sitio, Mesopotamia, el trozo de tierra en el que el Hombre decidió quedarse a vivir, hace más de 10.000 años.

Al ver que el festival de cine se inauguraba el mismo día que llegamos, el 1 de junio, pensamos que tal vez podríamos ser invitados al "cocktail" de bienvenida, así que, sin nada que perder (salvo la vida, si éramos malos) le preguntamos a Suleyman, el poli, si podría colarnos en el acto. Enseguida se puso manos a la obra, y haciendo uso de su estatus de autoridad local, nos guió al edificio donde se preparaban para el evento. Tras unas cuantas sesudas preguntas, consiguió conocer quiénes eran los organizadores. Nos atendió una estirada mujer de Estambul que estaba acompañada de una traductora. En principio nos dijo que el cocktail era un evento privado y que las invitaciones ya estaban dadas, así que no podía hacer nada. Pero entonces Suleyman empezó a hablarles en turco de una manera bastante efusiva y pudimos apreciar cómo sus rostros empezaban a palidecer y sus mandíbulas a descolgarse. En cualquier caso, mientras esto ocurría, entró en la sala una joven francesa, Mitre, que vivía en Mardin desde hacía un año y estaba casada con un kurdo local. Nos dijo que de momento trabajaba para el Ministerio de Cultura de manera ilegal (!!!) y que tenía cierta responsabilidad en la organización del festival, en lo referente a publicidad y promoción. Nada más decirle que nos gustaría asistir al cocktail, sacó de su bolso una enorme invitación que nos entregó encantada. Nos dijo que nos veríamos por la tarde y que estaríamos con ella y con su marido, en un lugar de honor.

Dejamos a Suleyman hablando con las dos brujas y nos fuimos a ver la ciudad y después a descansar. Tras acicalarnos como buenamente pudimos (pues en una mochila no suele haber sitio para un smocking), intentando no tocar las mohosas paredes del cuarto de baño comunal del Hotel Bashak, acudimos a nuestra cita con la élite cinematográfica de Mardin.

La apertura del evento corrió a cargo de autoridades locales, que pronunciaron efusivos discursos y alabanzas a la ciudad, todo ello en turco, claro está. Pero allí estaba el marido de Mitre para traducirnos los pasajes más importantes. El ágape consistió en raciones de comida tradicional kurda -principalmente fritanga picante- y pepsicolas y fantas de buena cosecha como refrigerio. El colofón a los actos de inauguración lo puso un grupo de cantantes traídos de Estambul para la ocasión, cuya especialidad era el cante a viva voz, sin instrumento musical alguno; una especie de doo-up a lo otomano.

Concluido el cocktail de bienvenida, se dio por inaugurado el festival y se anunció la proyección de una película en la plaza del pueblo, donde se había dispuesto una gran pantalla de unos ocho metros cuadrados, apuntada desde unos treinta metros por un vetusto proyector de cine. En medio se habían colocado varias filas de sillas de plástico para que las ocuparan los habitantes de la ciudad, que en su parte vieja ofrece todo el aspecto de un pintoresco pueblecito medieval. Las dos primeras filas, sin embargo, fueron reservadas para los organizadores, invitados, periodistas, etc. Por supuesto nosotros nos sentamos allí, justo en el centro, en compañía de Mitre y su esposo. Detrás, una muchedumbre de lugareños curiosos e ilusionados iban ocupando todas las plazas, que resultaron insuficientes para acoger a toda la concurrencia, por lo que la gente empezó a buscarse la vida como podía, colgándose de los ventanales de edificios contiguos hasta llenar el lugar a rebosar. Al final, la plaza no podía parecerse más a las imágenes de la entrañable película Cinema Paradiso, en la que de alguna forma estaba inspirado el SineMardin Filmi Festival.

Tres, Dos, Uno... Y empezó la película. Nuestras esperanzas de disfrutar de un interesante largometraje quedaron aniquiladas al comprovar que se trataba de una cinta croata subtitulada en turco, pero insistí en que intentáramos seguir el argumento, aunque fuera durante un rato, pues no podíamos dejar el lugar nada más comenzada la película. En realidad parecía una historia interesante, construida alrededor de la vida de una mujer de hoy en día que perdió a su marido en la guerra de los Balcanes. Era, de hecho, fácil de seguir el argumento. La pobre mujer, sumida en un mar de tristeza, con una hija que no ha conocido a su padre, a la que oculta que en realidad fue violada, y sin dinero para seguir adelante. Al final se ve forzada a pedir trabajo en un local de alterne, donde acaba empleada como camarera.

En ese momento se dio una situación realmente cómica, pues en un lance de la película en el que la protagonista está hablando con una compañera del local que trabaja como prostituta, esta última se desabrocha la camisa repentinamente y se ofrece un primerísimo plano de dos enormes pechos femeninos que ocupan toda la pantalla, cada uno del tamaño de un Seat Ibiza, y tan blancos y luminosos que proyectaron una avalancha de luz sobre la audiencia. Parecía que una Vía Láctea en miniatura había pasado fugazmente por la plaza donde se agolpaba la multidud. El gesto de consternación de las veladas ancianas de Mardin al presenciar semejante exhibición de libertinaje fue algo difícil de olvidar... Tras una sonora exhalación de sorpresa, espetada al unísono por todos los espectadores locales, se produjo un silencio general, reforzado por un momento de muda interpretación en la pantalla, que para los organizadores debió parecer una eternidad, pues pude apreciar cómo se encojían en sus sillas y se lanzaban tímidas miradas de complicidad.

Después de todo, por mucha ilusión que traiga un evento popular como este, la gente de la calle sigue haciendo uso de unas costumbres extremadamente conservadoras, y aunque en esta parte de Turquía se pueden ver mujeres en manga corta y con el cabello suelto, la mayoría sigue haciendo uso de hábitos ancestrales y no toleran la exhibición de ciertas partes del cuerpo femenino... y menos aún de dos enormes tetas!

Aprovechando la algarabía en la que se convirtieron los minutos que siguieron a esta escena, nos despedimos de Mitre y de su marido y nos fuimos a una terraza a tomar unas cervezas y a preparar nuestro último día viajando juntos. Por cierto, a los pocos minutos de abandonar el improvisado cine empezó a llover con insistencia, con lo que nos reímos pensando en qué habría sido de la proyección de la película. Tal vez la lluvia llegó como fruto de las plegarias de las ancianas de Mardin, ante semejante muestra de libertinaje.

Entre risas, cerveza y tavla, decidimos que a la mañana siguiente partiríamos hacia Sirnak, un pequeño pueblo a unos 200 km más al este, donde nos separaríamos, ellos con destino al extremo este de Turquía y yo, hacia el sur. Hacia Irak.